Violencia en Jerusalén

Israel lo confía todo a su fuerza militar en lugar de apostar por un proyecto de arreglo

El Gobierno israelí, presidido por Benjamín Netanyahu, al frente de una coalición de tonalidad ultranacionalista, mantiene en los territorios ocupados una política antigua e inalterada que entiende lograr un objetivo disimulado, aunque formalmente negado: incorporarlos al Estado del todo o en gran parte. La parte oriental de Jerusalén, conquistada en la guerra de 1967, es el área crítica en este orden y todo desliz en la gestión de su ocupación conlleva el peligro de la violencia. Tal peligro es ahora acuciante tras la decisión israelí de instalar detectores de metales en los accesos a la Explanada de las Mezquitas, el lugar confesional y políticamente más explosivo del interminable conflicto árabe-palestino. La decisión de volver al rígido e ilegal control de los palestinos en el área mediante el enojoso sistema que exacerba su condición de ocupados en su tierra suscita un incremento de la ira en un momento de tensión regional sin precedentes y en pleno combate contra el terrorismo del autoproclamado Estado Islámico. Lo que menos necesita la amplia coalición internacional que lucha contra el EI es que Israel escarnezca la devoción de los musulmanes en uno de sus lugares santos de referencia. Varios muertos entre los dos bandos es el resultado de momento. Y la vuelta a una tensión que ha obligado a reunirse de urgencia hoy mismo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Estos hechos adquieren un relieve particular por su coincidencia cronológica con el combate multiforme que medio mundo lleva a cabo contra un Islam agresivo, arcaico, antidemocrático y minoritario. Israel debe literalmente su existencia a una resolución de la ONU que avaló la partición de Palestina y ha gozado siempre de la protección occidental y, singularmente, de Washington. La Administración Trump parece sorprendida ante la posición oficial israelí de arruinar todo proyecto de arreglo por su decisión de conservar gran parte del territorio palestino ocupado y, desde luego, del Este de Jerusalén. Eso ha durado demasiado tiempo, sin resolver nada, y pone al Estado en la posición poco estimulante del socio desagradecido que no coopera con sus amigos. Israel lo confía todo a su fuerza militar. Mal camino.

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