La vida del asfalto

FÉLIX CARIÑANOS

Por lo que se lee por ahí, al ser humano siempre le ha encantado viajar, y frecuentemente contra su voluntad. Acuérdense ustedes de la cantidad de riojanos que dejaron sus pueblos para lograr una vida mejor, a veces bien lejos. Este jueves pasado, hallándome consultando documentación en el archivo municipal de mi pueblo, tuve en mis manos un folio de propaganda plagado de destinos adonde ir a trabajar allá por 1870, dos años antes de la Tercera Guerra Carlista. Casi todos los puertos de los que parten los barcos son extranjeros; se cita en una ocasión el de Santander y bastantes más el de Burdeos. La empresa que informa acerca de los pasajes insiste al final en que a todos los que han confiado en ella les estará esperando en su destino un representante que les conducirá al puesto de trabajo que le han conseguido, seguro. Con lecturas como estas se entiende mejor aquella habanera que oía cantar en mi infancia a los hombres en el bar localizado enfrente de mi casa: «Han salido siete barcos/ con rumbos al extranjero/ con millares de familias/ que huyen del hombre usurero./ Van maldiciendo su patria/ y el pueblo donde nacieron,/ van en busca de trabajo/ que en su tierra no les dieron./ En la raya de Burdeos,/ donde el barco navegaba,/ se rompieron las cadenas/ que al timón lo sujetaban [...]».

Aquellos vicisitudes continúan. En nuestros tiempos a muchos compatriotas se les ha presentado la posibilidad -u obligación- de elegir entre vivir en el pueblo o habitar en la capital. La mayoría de la población española corretea por las ciudades; es la que tiene a su alcance más prestaciones sociales. Yo he pensado durante muchos años que el residir en el campo ofrecía muchas más ventajas, pero estoy cambiando de parecer. Me impulsan a ello las cada vez más frecuentes apariciones de jabalíes en la capital de La Rioja. ¿Qué clase de instinto empuja a estos mamíferos paquidermos a trasladarse a la capital, a la manera de tantos hombres y mujeres? ¿Qué ventajas hozan en el asfalto al intentar competir con seres tan inteligentes como ellos que, además, estudian? Me expreso así porque comienzo por dudar -entre otras cuestiones- de que su piel dura sea capaz de competir con la jeta de muchas personas.

Por esto opino que lo más provechoso para que estas dos comunidades convivan pacíficamente, cada una en su ámbito, es que a las poblaciones de cerdos de monte, rayones, jabatos, bermejos, marranchones, navajeros, verracos, se les den cursillos intensivos por parte de amantes de los animales e instituciones relacionadas con Medio Ambiente, a fin de que nuestros hermanos los jabalíes se enteren de en qué berenjenal se están metiendo. Más que nada lo escribo porque quizá la primera aproximación que les dediquemos los humanos sea aplicarles el artículo 155 -tan de moda- hasta el rabo. Menuda es la vida del asfalto.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos