SIN VÍCTIMAS

CARMEN NEVOT - ARRANCHAR A SON DE MAR

Lo radicalismos y los mesianismos nunca han sido buenos compañeros de viaje. A lo largo de la historia hay muchos y muy buenos ejemplos de la incompatilidad del hombre con los fanatismos. Siempre acaban mal. En la moderación y el diálogo está el equilibrio, pero también en el cumplimiento de unas normas comunes para todos los miembros de un colectivo. No cumplirlas no puede quedar impune, aunque sería necesario introducir matices siempre que las consecuencias de la aplicación de la norma pueda traer males mayores o encender aún más las invectivas de sus defensores.

Las protestas por la detención en Alemania del prófugo Puigdemont, el hombre que de ser de 'paja' se convirtió contra pronóstico en el redentor de los independentistas, bien merecen una reflexión. El periodista de la frondosa melena, que muchos envidiaron, incluidos unos cuantos constitucionalistas, asumió tanto su papel de liberador, tanto se lo creyó, que no dudó en inmolar a los suyos. La expiación de sus penas bien merecía una espera, sobre todo por el bien de la causa. Hasta cierto punto puede resultar comprensible que uno mismo, en su ensoñación, haya dejado de pisar sobre tierra y lograra que su fuga no pareciera una derrota. La vanidad es libre y a veces juega malas pasadas que tarde o temprano se pagan.

Su arresto, tan aplaudido por unos y tan protestado por otros, ha puesto punto y final a la 'tocata y fuga' del expresident y ha lanzado un misil a la línea de flotación del independentismo. La estela que ha dejado el difunto 'proces' huele ahora a victimización, otra peligrosa compañera de viaje, de la que hay numerosos ejemplos a lo largo de la historia.

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