De viaje

De viaje

JULIO ARMAS

Escribí estas líneas desde Madrid. Había dejado en casa al Niño recién nacido y había ido a pasar el fin de año con los patos de El Retiro. Pensé que en estas fechas tan familiares no seríamos muchos los que estuviéramos yendo y viniendo por las carreteras. Aprovechando que el túnel de Viguera está para algo, fui por Soria. Quise salir en Medinaceli para tomar un 'cafelito', pero gracias al bollo de empalmes, carreteras y desvíos, me salté la marca y para cuando me quise dar cuenta estaba ya enfilando Guadalajara.

Miré el indicador del depósito de gasolina. Aunque todavía me quedaba casi un cuarto, me dije que la próxima gasolinera sería la mía. Quedarse sin gasolina, por pensar que todavía llegas a repostar en la siguiente estación, es tener la avería del tonto. En una de esas gasolineras que antes quedaban a pie de carretera y que ahora están saliendo a la derecha y detrás del puentecito a mano izquierda, pude reponer en cuanto acabaron de hacerlo los seis coches que tenía delante.

Volví a la autovía. La cosa iba más o menos bien hasta que llegué al desvío de Alcalá de Henares. Serían cerca de las once. No era hora de comer, pero sí de hacer una paradita y acercarme a ver la fachada de la Universidad. Inocentemente estuve dando vueltas buscando un aparcamiento y al final dejé el coche en un parking subterráneo que no estaba ni a un kilómetro del centro. A codazos entre la multitud bajé la Calle Mayor hasta llegar a la casa en la que dicen que nació don Miguel de Cervantes Saavedra (casi nadie).

Frente a la casa hay un grupo escultórico que tiene su gracia. Es un banco en el que en uno de los extremos creo que seguirá sentado el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y en el otro, regordete y bien bruñido, creo que lo hará el bueno de Sancho.

Y digo que creo que seguirán allí sentados (al menos la última vez que los visité allí estaban) porque en esta ocasión lo más que pude ver fue la bacía del bueno de Alonso Quijano asomando su herrumbre sobre una marabunta de curiosos que guardaban fila religiosamente para poder hacerse una foto con tan insignes personajes. Total, que viendo como estaba aquello y sin saber de dónde había salido tanta gente, decidí volver calle Mayor arriba, sortear visitantes y acercarme hasta la Universidad. Quería hacer una foto del cordón franciscano que rodea su fachada principal. Aquel que fuera tallado por orden del cardenal Cisneros, fundador de la Universidad como ustedes ya saben, y franciscano para más señas.

¿Y piensan ustedes que hice la foto? Pues si lo piensan están muy equivocados. Verán, les cuento el porqué. Yo subí la calle Mayor, seguí luego por Libreros y en diez pasos aparecí en la plaza San Diego. Para el que no lo sepa, en uno de los lados de esa plaza está la fachada de la Universidad. Una vez en la plaza un grupo de personas me cerraba el acceso al edificio. Visto lo visto pedí inocentemente a una señora muy amable, que llevaba un niño en brazos, que me dejara libre el paso, que iba a la Universidad, lo que provocó que, extrañada, me preguntara que dónde creía yo que iban ellos.

En seguida me di cuenta de que aquella buena mujer llevaba razón. Aquel grupo de personas estaba esperando a que avanzase otro grupo que tenían por delante y que no podía avanzar hasta que a su vez no lo hiciera un tercero que en esos momentos estaba siguiendo, frente a la fachada, las explicaciones de su guía.

Me despedí de la señora del niño y en un tenderete me compré un paquetito de garrapiñadas. Fue mientras volvía al parking cuando me di cuenta de la cantidad de banderas de España que adornaban los balcones. Esto antes no pasaba, pensé. Esto se lo debemos a ese señor Puigdemont, al que tengo el gusto de no conocer. Algo habría que hacer para agradecérselo. De bien nacidos es ser agradecidos. ¿Puigdemont y cierra España?

Volví al coche. Iba bien de tiempo. Pensé que en menos de media hora estaría subiendo la calle de Alcalá. La 'Calcalá' que decía el castizo... pero me equivoque una vez más. Como si alguien hubiera avisado que una amenaza nuclear se cernía sobre los núcleos urbanos de la zona, era tal el éxodo de vehículos que queríamos entrar a Madrid que aunque de Alcalá de Henares había salido a las doce, tuve que llamar al restaurante donde había reservado para decirles que no llegaría hasta las dos y media más o menos... y luego para decirles que posiblemente llegaría más hacia las tres que hacia las dos y media... y luego para decirles que llegaría a eso de las tres y media más que a las tres... y luego, y mientras esperaba a que la grúa se llevara el coche accidentado que tenía bloqueados dos ramales de la autovía, para decirles que hicieran el favor de anular mi reserva.

A las tres de la tarde, en la radio, alguien de Podemos, de cuyo nombre no quiero acordarme, estaba explicando que a pesar de que España estaba mejorando todos los ratios económicos, de que se estaban batiendo récords de venta en todos los comercios, y de asistencia en todos los museos, las cosas iban muy, muy mal. Apagué la radio.

¿Y saben qué fue lo que hice mientras esperaba a que la grúa se llevara el coche accidentado? Pues viendo la cantidad de banderas de España, que en la distancia veía adornar los balcones, volver a acordarme del 'Capitán araña Puigdemont', gracias al cual han vuelto los pendones a los balcones y aquellos otros presuntos pendones independentistas, que se saltaron las leyes, a la cárcel, mientras que él, de mejillones y patatas fritas (moules et frites), sentadito en el comedor de su mansión belga, se estará poniendo como 'La Lirio'. ¡Apa, noi!

Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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