EL VESTIDITO VERDE

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

En el otoño de 1992 apareció en la entrada a la Universidad de Navarra una valla publicitaria de lencería. Es difícil anunciar ropa íntima sin mostrar o sugerir una chica en paños menores, pero aquel anuncio había optado por el formato XXL: una zagala acostada y sin casi nada encima de unos ocho metros de largo.

El caso es que, de buena mañana, aquella zagala apareció vestida. Alguien entretuvo buena parte de una noche en dibujar encima de la chica un enorme vestidito verde con flores rojas. Ocho metros de vestido, un montón de pintura verde.

Yo, recién llegado a la ciudad, pensé inmediatamente en algún comando de numerarios con brocha y un concepto casi franquista de las cosas del sexo. Pero mis compañeros navarros me hicieron notar que erraba: quien había tapado a la chiquilla había sido un grupo de la esquina ideológica contraria, más bien ultra que opusiano. Y que en aquel caso los extremos se tocaban, llegando por orilla opuesta al mismo mar: el puritanismo, la prevención asqueada por la carne.

Veo últimamente algo de lo mismo. No seré yo quien discuta la necesidad del feminismo ni sus conquistas, pero hay una esquina de ese movimiento que se nos está yendo de las manos. Casi parece que, como en algunos colegios, se quiera establecer una separación entre hombres y mujeres, si no con paredes, sí mental. Un 'mírame y no me toques' (o mejor 'ni me mires') que criminaliza cualquier acercamiento, chiste o broma como un abuso.

Y digo yo que tampoco es eso. Ningún abuso es tolerable, pero no todo es abuso. Si no, vamos a ser una sociedad enferma... y con mucha pintura vede.

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