VERGONYA

MARTÍN SCHMITT RABONA AL ÁNGULO

Vergüenza. Además de rabia, indignación y desolación. Es lo que nos ha dejado el triste y ridículo 1-O. Vergüenza de ver que en los tiempos que corren la sinrazón ha triunfado sobre el diálogo, la locura y la ilegalidad sobre el estado de derecho, la barbarie sobre la democracia. Después de seguir durante casi 18 horas continuas el bochornoso espectáculo ofrecido en Cataluña, intentando ser objetivo para tratar de entender lo que allí sucedía, el único sentimiento que brota es el de una profundísima vergüenza. Y mucha tristeza.

Bochorno de ver a ambas partes proclamar su victoria, como si de un partido de fútbol se tratase; de asistir a la utilización de la ciudadanía catalana a un acto ilegal se mire por donde se mire, de que se coloquen a niños y ancianos como escudos, de los porrazos desmedidos de los cuerpos de seguridad, de la laxitud de los Mossos. Siento vergüenza de ver cómo algunos partidos políticos, como los más populistas, agitan el avispero en momentos tan delicados y otros apenas se mueven. Vergüenza de la directiva de mi club de fútbol, que no nos representa a todos los aficionados y de las lágrimas de cocodrilo de Piqué. Mucha vergüenza siento al ver cómo a los distintos gobiernos de este país se les ha escapado la tortuga en los últimos veinte años gracias a sus alianzas con los que ahora, bandera de la democracia en mano, están a punto de proclamar un golpe de estado secesionista.

Siento vergüenza propia al ser incapaz de explicar a mi hija de 8 años de edad lo que ve por televisión. Ella, que conoce Cataluña, no entiende qué la diferencia de La Rioja, Huelva o Asturias. «Si no quieren ser españoles, que se marchen», concluye. Hemos fallado. Y no hay marcha atrás.

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