Venezuela, a la deriva

Mientras el número de venezolanos muertos en las manifestaciones de la oposición se acerca poco a poco al centenar, el enrocamiento del régimen chavista insiste en recurrir a la represión política (la utilización sesgada e inaceptable de las previsiones constitucionales) y física (la supresión de toda expresión opositora relevante). El presidente Maduro parece moverse a gusto en ese campo de juego, como un líder autoritario de un Gobierno acosado y a la defensiva pero con pleno control del potente aparato de seguridad y propaganda. El último objetivo de tal actitud es la disparatada decisión de recrear el régimen mediante una nueva Constitución de resonancias etno-anacrónicas con la cooperación intensa del chavismo indigenista de la primera hora y, desde luego, la mano dura de los potentes servicios de seguridad. Estos dislates han forzado a la fiscal general del Estado a mostrar valerosamente su disconformidad con el rumbo del régimen, lo que, con toda probabilidad, significará su cese a corto plazo. Otros muchos indicios de hostilidad en diversos órdenes se registran en la oleada de protestas que siguió a la neta victoria de la oposición en las elecciones legislativas, un resultado con valor de referéndum que el régimen habría hecho bien en asimilar con normalidad. No fue así y el presidente Maduro debe ser tomado como política y moralmente responsable del muy inquietante empeoramiento de la situación.

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