Veinte años después

«Es importante recordar. Hay que transmitir a las generaciones venideras esta historia de lágrimas y de fortaleza. No hay que dejar que la historia de Miguel Ángel Blanco y de todos los años de lucha queden como la descripción neutra de unos hechos»

Como en la novela de Dumas, veinte años después las cosas siguen su curso, pero todo ha cambiado. El trágico fin de la vida de un joven que no había llegado a la treintena ponía en pie a todo un país frente a un largo rosario de terror y de tristeza que había sembrado la joven democracia española de momentos muy duros, muy sombríos y totalmente fuera de sentido.

A renglón seguido de la ansiada liberación de José Ortega Lara, la banda terrorista ETA, en cuyos actos la palabra 'libertad' contenida en sus siglas resultaba particularmente indigna, quiso ensayar una venganza ejemplar con el secuestro y cobarde ejecución de Miguel Ángel Blanco, un concejal del Partido Popular del municipio vizcaíno de Ermua.

Lo recuerdo todos los días como si fuera ayer mismo. Recuerdo la tensa espera, la creciente desesperanza, la paulatinamente asimilada fatalidad con la que terminó todo. Recuerdo haber departido con José María Aznar, con Jaime Mayor Oreja, con José Ignacio Ceniceros y con otros tantos en el hotel Ercilla de Bilbao en el que estábamos concentrados para seguir las noticias que se iban sucediendo. Todos juntos, como para mantener viva la llama de una solución que no llegó. Lo evitable para una sociedad ya madura democráticamente acabó siendo inevitable.

Estuve allí en representación de los riojanos. Recuerdo haber paseado por las calles de Ermua el día de su entierro y recuerdo el clamor que allí mismo se empezó a percibir. Los aplausos que brotaron espontáneamente del gentío que salió a las calles de esa localidad dejaban claro que algo largo tiempo callado, agazapado por el miedo, se había transformado en manifestación pública y unánime de que las cosas debían cambiar. Se enterraba a Miguel Angel Blanco en presencia del por aquel entonces Príncipe Felipe y representantes de toda sociedad, pero algo nuevo estaba viendo la luz por primera vez. Había nacido lo que se dio en llamar «el espíritu de Ermua».

Miguel Ángel Blanco fue un punto final de algo y el inicio de un nuevo capítulo en la historia de España. Su drama personal fue el catalizador de muchos dramas personales anteriores, y con la profunda huella que se inició con su muerte, toda la tristeza que había ido anidando en los corazones de todos se volvió un clamor público y unánime. Miguel Ángel Blanco unió con su tragedia todo lo anterior en una imparable voz colectiva. Ya bastaba. Ya era suficiente. A todos los españoles, ya fueran madrileños, extremeños, andaluces, cántabros, riojanos, vascos o de cualquier otra comunidad autónoma, no nos cabía ni más dolor, ni más sinsentido.

Las manifestaciones que se sucedieron aquellos días por todas partes fueron la demostración clara de aquella voluntad, y también de algo mucho más importante: de que este país es grande cuando se une y de que un futuro mejor es posible para todos cuando deseamos fervientemente pasar página y nos enfrentamos de forma decidida a la desgracia. En Logroño, las calles se quedaron pequeñas para contener la masiva afluencia de personas que se fueron sumando hasta llenar todo el recorrido con aquel mismo mensaje. Fue la mayor manifestación que se recuerda en La Rioja.

Se perdió el miedo. Los agentes de la ley, la Ertzaintza, descubrieron sus rostros, porque no eran ellos los que debían esconderse. Porque una sociedad no debe dejar que el progreso, el Estado de derecho, el imperio de la ley y la democracia misma que tanto nos ha costado tener palidezcan frente al crimen, frente a la amenaza, frente a la opresión. En este sentido, queda como ejemplo de total integridad la propia familia de Miguel Ángel Blanco, a la que le fue arrebatado sin compasión, y que nos enseñaron a afrontar con entereza que no se puede ceder ante el chantaje, por muy alto que sea el precio, porque detrás están todos los valores de la democracia. Vaya un recuerdo muy especial hacia ellos desde estas líneas.

Es importante recordar. Hay que transmitir a las generaciones venideras esta historia de lágrimas y de fortaleza. No hay que dejar que la historia de Miguel Ángel Blanco y de todos los años de lucha contra el terrorismo se queden como una descripción neutra de unos hechos. Los que estuvimos allí, acompañando de una forma o de otra aquellas horas terribles, tenemos el deber de contarlo, para que cuando ya no estemos todo aquello que representa el espíritu de Ermua siga siendo una luz frente a la barbarie y un ejemplo de cómo España dio un paso adelante hacia un futuro -ya presente- en el que se pudiera conseguir el fin de la violencia y la verdadera

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