VALLE-INCLÁN, BERLANGA Y PUIGDEMONT

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

Difícilmente hubiera realizado Berlanga una película tan disparatada, absurda y estrambótica como la astracanada que llevan protagonizando Govern, Parlament y buena parte del poble de Catalunya durante las últimas semanas. Ni tan siquiera con el talento y la agudeza de nuestro Rafael Azcona. Lo que ayer se perpetró en el parque de la Ciudadela de Barcelona es uno de los capítulos más cobardes y vergonzosos de la reciente Historia de España.

Es verdad que atrás queda una senda jalonada de errores garrafales, desde aquella promesa de Zapatero de apoyar «el Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña», pasando por la recogida de firmas encabezada por Rajoy y unida al boicot a los productos catalanes, sin olvidar la inacción política que tanto uno como otro ejecutivo han perpetrado para desgracias de todos.

Los dos polos han llevado hasta el precipicio dos estrategias que, si bien cortoplacistas y en teoría enfrentadas, a ambos benefician. Si el independentismo catalán ha apostado por el «cuanto peor, mejor», el PP fía su futuro electoral en «cuanto peor en Cataluña, mejor en el resto de España».

Llevamos meses sin hablar del caso Gürtel, muy cerca ya de una sentencia judicial, que no va a ser la última; del tres por ciento que pende sobre la Generalitat; del caso Palau; de las telarañas que se acumulan en el fondo de reserva las pensiones; de la precarización del empleo...

Ahora, una vez traspasada la línea de lo inevitable, habría que recordar a Puigdemont, a Junqueras, a Forcadell, las palabras de Valle-Inclán: «Las imágenes más bellas son absurdas en un espejo cóncavo». Y así es el espejo en el que se mira el nacionalismo.

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