Ser valientes

El que salta desde la estratosfera a 39.000 metros de altura, ¡es un valiente!, no hay duda. ¿Quién duda de que subir al Everest sin botellas de oxígeno es de valientes? ¿Y pilotar una moto de competición a 300 kilómetros por hora? Pero valiente, lo que se dice valiente, es quién acepta su misión y decide llevarla a cabo, en la familia, en la fábrica, en el campo.

Este año el DOMUND nos invita a ser valientes, a tomarnos nuestra misión en serio. Y nos dice, sin rubor, que los misioneros son valientes.

La Misión de la Iglesia está inspirada por una espiritualidad de éxodo continuo, de continua salida. Se trata de «salir de nuestra propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio», como se nos anima en la exhortación de Francisco 'La alegría del Evangelio'.

Puedo admitir que los misioneros son valientes por dejar tierra y familia y marchar a lugares distintos, en ocasiones con problemas, teniendo que aprender lenguas y compartir costumbres diferentes, pero añado que también sienten los brazos abiertos de una nueva tierra, de una gran familia que los acoge con un amor incondicional. Así lo sentí personalmente en mi añorada experiencia misionera.

La Misión forma de tal modo parte de mi vida que encuentro natural y hasta normal que un sacerdote deba pasar unos años de su ministerio ejerciéndolo en 'misiones'.

Estaba terminando los estudios en el seminario cuando sentí que debía partir. No le di demasiadas vueltas, pero confiando en la fuerza que Dios da, y en la confianza de mi obispo y formadores, salí de La Rioja rumbo a Burundi. Esta primera salida tuvo lugar hace 39 años. Vinieron después algunas más. Espero que hasta el final de mi vida esté 'en estado permanente de Misión', como ama decir -y ¡qué bien dicho está!- el Papa Francisco.

El trabajo pastoral muy cerca de la gente, las reuniones de cristianos en las colinas burundesas y pueblos benineses, las catequesis, las escuelas parroquiales, los enfermos, los jóvenes, las alegres celebraciones litúrgicas, el catecumenado de adultos, la administración de los sacramentos, de modo especial el bautismo de adultos, las visitas a las familias, los encuentros de catequistas, la formación de los responsables de cristianos, los movimientos de Acción Católica, los grupos de oración, los trabajos de promoción y desarrollo, los niños, la ayuda en la maternidad, el deporte junto a los jóvenes, las fiestas populares, la preparación de los novios al matrimonio, la convivencia serena y enriquecedora con mis compañeros y las religiosas de la parroquia, el ímpetu juvenil que desprenden las comunidades cristianas... todo fue Gracia y manifestación en mi vida de la ternura de Dios.

Además de las tareas estrictamente pastorales, al equipo misionero le correspondió realizar tareas evangelizadoras encaminadas a cubrir las necesidades que comenzaban a tener algunas de las comunidades, como la falta de agua y de un lugar para la oración y la celebración. La promoción humana y el desarrollo de los pueblos están también en el ADN del misionero.

Es verdad que comencé con temor ante lo nuevo que me esperaba, continuó con inquietud al ver cómo se demoraba la llegada de compañeros, siguió con la tranquilidad que me dio poder compartir con algunos de ellos mis preocupaciones e ilusiones, y terminó con la paz y la alegría de haber vivido una experiencia extraordinaria en 'misiones', en la que los evangelizados iban evangelizándome cada vez que, en ocasiones muy cansado, visitaba una comunidad.

He conocido a muchos misioneros y misioneras. Ahora tengo la suerte de acogerles cuando vienen a descansar. De todos sigo aprendiendo, y sobre todo me impresiona su perseverancia. Los que viven en países con más dificultades son quienes tienen la sonrisa más luminosa. Esa sonrisa me interpela cuando, paseando por mi ciudad, veo caras largas, tristes y a menudo enfadadas.

Luz Casal en el pregón del DOMUND que pronunció el pasado día 11 de octubre en Santiago de Compostela dijo que «para que triunfe el mal, lo único necesario es que las personas buenas no hagan nada para evitarlo, y en la vida solo hay dos opciones ante los problemas: esperar a que otros los solucionen o poner de tu parte para solucionarlos; esta última opción es la que habéis elegido los misioneros».

Con la mano en el corazón me atrevo a generalizar y poner en boca de la mayoría de los misioneros que conozco: «Es mucho más la vida que se gana, que la que se da» (nunca se pierde).

Cada una de las personas que han pasado por mi vida gracias a la Misión, son un pedazo de vida que se mezcla de manera increíble con aquella que me condujo hace ya muchos años a este mundo apasionante.

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