Quo vadis, Cataluña?

ALONSO CHÁVARRI

Pío Baroja, en su poco conocido relato 'Locuras de Carnaval', de la trilogía 'Juventud perdida', nos presenta al personaje Panchito, compañero de sablazos de un catalán alto «que se las echaba de ruso»; esta pareja de sablistas decía que viajaba por orden del Soviet y después de contar mentiras extravagantes de sus supuestos viajes por el mundo, «sacaba un cartelón que decía con letras grandes 'Se reciben donativos'». Al releer esta historia, no he podido dejar de ver un extraño paralelismo con algunos sucesos de la actual tragicomedia que nos representan a diario los implicados en el procés, y no precisamente porque el sablista, amigo de Panchito, fuera catalán.

Hay personajes de la tragicomedia catalana que están viajando, aunque no digan que lo hacen por orden del Soviet, sino que lo hacen para escapar de la justicia, a países como Bélgica, Suiza o Escocia; también hay personajes que han estado contando mentiras extravagantes, como que Europa iba a recibir a la república catalana con los brazos abiertos, o que las empresas iban a acudir al nuevo Estado como moscas a la miel; y también hay personajes que colocan el cartelón de 'Se reciben donativos' aunque no sea un cartel de cartón como el de Panchito y su colega catalán, sino una web para recibir donaciones con las que sufragar gastos de los diputados huidos al extranjero.

Dejando de lado lo que pueda tener de cómica esta comedia, cada vez menos divertida, empieza a atisbarse un futuro con tintes de drama, cuando no de tragedia, que parece no ser percibido por los protagonistas de esta representación, que siguen con su interpretación cual si fuera un sainete. Y es que están comenzando a surgir improvisaciones que desvirtúan el guión previsto, además de constituir una amenaza para el buen desarrollo de la función.

El independentismo siempre ha presumido del carácter pacífico del procés, pero las últimas manifestaciones, con cortes de carreteras, quema de barricadas y peleas con las fuerzas del orden (los mossos de escuadra) indican que se les han ido de las manos las actuaciones de los comités de defensa de la república, o bien que ha caducado el carácter pacífico del movimiento -no ceso de encontrar similitudes con aquel otro movimiento de infausto recuerdo: himnos, banderas, la patria como coartada, el enemigo en casa...- y se ha transformado en algaradas. Esta nueva forma de actuar, que nos trae a la memoria la kale borroka de triste recuerdo, se complementa con ese dedo que señala y amenaza, aunque ahora no sea una diana pintada en un nombre, sino unos caracteres en las redes sociales, y que ha obligado a reforzar la seguridad de jueces y políticos catalanes. Todo empieza a parecerse demasiado al comienzo de algo ya vivido en otros lugares y que tan bien está reflejado por Aramburu en su novela 'Patria'.

Todavía se está a tiempo de reconducir la situación y, si no se hace, ya sabemos cómo puede acabar todo. Ahora que en Semana Santa nos han puesto en televisión, como todos los años, la película 'Quo vadis', podemos recordar las palabras de Pedro, aunque yo cambiaría el 'dómine' por 'Cataluña'.

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