UNO MENOS

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

Logroño se merece ser una ciudad fea. No digo que lo sea: las hay peores. Pero nos merecemos los que vivimos en esta ciudad que la nuestra sea una urbe sin alma, con menos encanto que coches. Por perezosos, por pasotas, por dejados. Por pecar de falta de amor a lo nuestro.

Básicamente, los logroñeses no sabemos apreciar que lo que tenemos valga algo. Todo lo que sea de La Redonda para abajo nos parecen cuatro piedras: mejor sacar la dinamita y hacer un bonito agujero, para luego poder echar dentro una casa como otras tantas y que alguien gane cuatro calas. O cinco.

En la Gran Vía, por ejemplo, había tres o cuatro edificios de mérito, rodeados de un montón de naderías del desarrollismo. Ya van cayendo: el (pen)último será el de los números 19-21, obra de Quintín Bello, que merecía un mejor destino.

No, no es la Casa Batlló, pero si nuestra ciudad nos hubiera importado históricamente algo, habría en esa acera media docena más, y juntas formarían una línea con encanto, de ésas que se miran dos veces.

Pero nos da igual, lo repito, y nos seguirá dando igual. Nadie ha reformado ese edificio en sus setenta y pico años de vida, más allá de pintar la fachada. El mecanismo es el de siempre: un edificio viejo que uno tiene, o compra, o consigue, se pone a secar. Es decir, se abandona. Poco a poco se va hundiendo, hasta que viene eso tan bonito de la «ruina económica»: que vale más arreglarlo que lo que vale el edificio. Y se tira.

Uno menos, en fin. Ya sé que a usted le da igual, pero a mí me jodería dejarlo pasar sin, al menos, quejarme. Ay, mi Logroño.

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