En la Universidad

JULIO ARMAS

H ace unas semanas estuve delante de veinticuatro futuros profesores de Educación Secundaria, en una clase del Máster de Profesorado Especialidad Geografía e Historia de la Universidad de La Rioja. El motivo era debatir, a partir de mi novela «Gavilanes de plata», sobre la pertinencia de incluir la novela histórica como recurso educativo a la hora de enseñar Historia. Interesante debate.

¿Pero saben qué fue lo que pasó? Pues que como mi novela transcurre en el siglo XVI, y además en ella sus protagonistas visitan buena parte de aquel Nuevo Mundo que descubriera el almirante Colón, no llevaríamos más de media hora debatiendo sobre el recurso educativo que aporta la novela histórica a la hora de enseñar Historia cuando saltó sobre la mesa el tema de la obra de España en el descubrimiento, conquista y colonización de América.

Y como siempre que este tema sale a debate, pronto entre los asistentes se formaron dos corrientes de opinión: la de los detractores, entre los que unos pocos se encontraban y la de los defensores, que en esta ocasión he de confesarles me parecieron más numerosos de lo habitual. Y fue en este toma y daca que el debate propició donde se desgranaron sobre la obra de España tres conceptos que por su interés me ha parecido oportuno, y de forma muy breve, recoger en estas líneas.

Su desmesura: Que la obra de España fue grande nadie lo duda. Positiva para unos o negativa para otros, nadie hoy, en lo blanco o en lo negro, duda de su desmesura. Hasta un detractor tan conocido como fray Bartolomé de Las Casas, autor de «La brevísima relación de la destrucción de las Indias», escribió sobre ella que : «Todas las cosas que han acaecido en las Indias, desde su maravilloso descubrimiento y del principio que a ellas fueron españoles (...) han sido tan admirables y tan no creíbles en todo género a quien no las vio que parecen haber añublado y puesto silencio, (...) a todas cuantas, por hazañosas que fuesen, en los siglos pasados se vieron y oyeron en el mundo.» (Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Fray Bartolomé de Las Casas. 1552).

Su temporalidad: No se puede juzgar el pasado con el criterio del tiempo presente. Creo que es Julián Juderías quien en su magnífico ensayo sobre la leyenda negra escribió que aquellos españoles no solo pertenecieron a una época de innegable grandeza, sino que todo se hizo en base a unos sentimientos que nosotros hoy no somos ni capaces de entender. Y es que antes de expresar cualquier opinión todos deberíamos reflexionar sobre la temporalidad de lo que pasó. ¿Se ha caído en la cuenta de que, por ejemplo, todo esto ocurrió un siglo (¡ciento quince años!) antes de que los anglosajones pareciesen despertar y darse cuenta de que había un Nuevo Mundo? (Jamestown, la primera población inglesa en la América del Norte, no se fundó hasta 1607).

Y el error semántico: Claro que la obra de España tiene lunares. ¿Cuál no la tiene? ¿Qué evolución o qué revolución, honda y trascendental de la humanidad se ha llevado a cabo gracias a la bondad y a la tolerancia? Que el cuadro de la obra de España tiene sombras no puede negarse, y que una de ellas es la que proporciona la utilización indiscriminada del término «conquistador» tampoco. Porque los religiosos como Motolinía, los geógrafos como Juan de la Cosa, los gobernantes como Antonio de Mendoza o los descubridores como Orellana o Cabeza de Vaca o Hernando de Soto o Ponce de León... ¿todos eran conquistadores? Es evidente que no, pero... las cartas están ya repartidas y es con ellas con las que hay que jugar.

No les molesto más. Desde aquí quiero dar las gracias a aquellos futuros profesores que en nuestro debate compartieron conmigo sus opiniones y criterios, en la mayoría de las ocasiones favorables a la obra de España en el descubrimiento. Una vez más quedó demostrado que de este extraordinario momento de nuestra historia el poco conocimiento aleja y el mucho acerca. Y así ha sido y así será. Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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