Turquía, la destrucción de un puente

El país que soñaba con entrar en Europa sigue siendo la mayor cárcel del mundo para periodistas y defensores de los derechos humanos

MERCE RIVAS TORRES

El país que podría haber sido el puente entre Europa y Asia y que lo tuvo al alcance de su mano, ha hecho estallar todos sus pilares. Su política siempre ha sido contradictoria. Por un lado intentando acercarse a Europa pero al mismo tiempo coqueteando con países no democráticos, con movimientos yihadistas y haciendo negocios poco recomendables. Mientras tanto, Idil Esser, directora de Amnistía Internacional en Turquía, ha pasado una temporada en prisión con una petición de 16 años, encarcelada por ser quien es: defensora de derechos humanos.

«Es probable que Turquía esté comprando petróleo a Daesh», afirmaba recientemente el experto en Medio Oriente y autor del libro Ignacio Álvarez-Ossorio y, por lo tanto, dicho país tendría la posibilidad de cortar una de las vías de financiación del Daesh. Al mismo tiempo el diario ruso afirmaba que el hijo del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, Bilal, estaría implicado en el tráfico de petróleo desde los territorios controlados por el Daesh.

Al parecer Bilal Erdogan, quien posee varias empresas de transporte naval, firmó un contrato para exportar el petróleo controlado por los yihadistas a mercados asiáticos: sus compañías en Beirut y Ceyhan (Turquía) tienen amarraderos especiales para los buques cisterna que trasladan el crudo ilegal.

Pero la trama familiar no queda aquí. La hija del presidente turco dirige, al parecer, un campamento secreto hospitalario dentro de Turquía y cerca de la frontera siria, donde los camiones del ejército turco trasladan diariamente a decenas de heridos yihadistas. Por lo tanto, noticias como éstas, más las políticas, cada día más autoritarias, del presidente Erdogan hacen que dicho país esté cada día más distanciado de Europa. La desconfianza aumenta.

En 2005 existía un cierto entusiasmo, siempre comedido, por países como Alemania o Gran Bretaña para que Turquía entrase a formar parte de Europa pero su política antidemocrática hacia la oposición y especialmente a los medios de comunicación, su política de controlar a los refugiados a cambio de dinero, la cuestión de Chipre o su alta represión hacia el pueblo kurdo han hecho que las tornas cambien. Turquía no cumple con los principios de Copenhague para pertenecer a Europa: respetar la democracia, los derechos humanos y el respeto a las minorías. De todas formas Europa no ha desconectado del todo con Turquía ya que la necesita en su lucha contra la inmigración y el terrorismo. La población refugiada siria recibe protección temporal, pero finalmente es abandonada a su suerte. Turquía no reconoce plenamente la condición de persona refugiada a los que huyen de la guerra y no es capaz de brindar protección efectiva como exige el derecho internacional. Eso significa que los tres millones de refugiados que hay en el país no tienen forma de valerse por sí mismos, denuncia Amnistía Internacional.

En enero de este año el periódico más perseguido por Erdogan, preparaba una portada en la que se anunciaba que 4.446 funcionarios eran suspendidos de empleo y sueldo, entre ellos más de trescientos académicos de universidades. En la misma página del periódico aparecían los once nombres de redactores que están en prisión por dar voz a dirigentes del pueblo kurdo.

Y es que Turquía encabeza la lista de países con más periodistas en prisión, según el informe de RSF del 2016. Se han abierto investigaciones penales contra, aproximadamente, 150.000 personas, al menos 180 medios de comunicación han sido cerrados, y se calcula que 2.500 periodistas y trabajadores de medios han perdido su empleo. La censura en internet sigue alcanzando límites insospechados.

Otro de los temas que lógicamente no son del agrado de la UE es que Turquía es el cuarto exportador mundial de yihadistas, después de Túnez, Arabia Saudí y Rusia. Fue muy tolerante con los yihadistas al principio de la guerra de Siria pensando que éstos podrían acabar con el régimen de Basher al Assad, pero realmente ha sido al revés. Muchos miembros del Daesh han cruzado fácilmente la frontera sirio-turca para perpetrar importantísimos atentados en su territorio y después pasar a Europa. Barrios periféricos de Estambul y Ankara se han convertido en auténticos centros de reclutamiento para el Daesh.

Pero paralelamente a estos hechos, Erdogan, que en los últimos tiempos ha aumentado considerablemente su poder absoluto, ha querido vincularse a la coalición internacional que lucha contra el yihadismo. En realidad estamos ante un Estado contradictorio, de prácticas poco claras. Quiere estar a bien con todos y la conclusión es que nadie se fía de él.

Lo que habría podido ser un puente se ha convertido en terreno pantanoso.

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