Trump juega con cerillas en Oriente Medio

Tanto los países neutrales como los aliados buscarán desengancharse lo más posible de un gobierno como el de EEUU que se comporta de una manera tan irresponsable

Muchas personas se sienten tentadas por decisiones extremas, pero la prudencia y el sentido común les impulsan a refrenarse. Cuando no sucede así, periodistas, policías y jueces ven aumentar su carga de trabajo. Pero cuando el imprudente es el presidente, son los enterradores y los soldados los que ven crecer exponencialmente su carga de trabajo.

A Donald Trump se le han llamado muchas cosas: necio, egocéntrico, narcisista, reaccionario, ignorante, provinciano, racista, corrupto, zafio, machista... pero esta lluvia de improperios deja en la sombra el aspecto más peligroso del personaje: es un matón y no se avergüenza de serlo pues así le ha ido bien en su vida privada, en los negocios y ahora en la política. Los norteamericanos han elegido como presidente a un abusón de patio de colegio, a un bravucón de taberna que tiene a su alcance el botón nuclear.

Trump todavía no ha pulsado el botón nuclear, pero trasladar la embajada norteamericana en Israel a Jerusalén es lo más parecido que puede hacer en una región tan volátil como Oriente Medio. Para complacer al Gobierno israelí y a los elementos más cerriles de la extrema derecha norteamericana, Trump acaba de escupir en la cara a más de cincuenta gobiernos musulmanes, muchos de los cuales han sido fieles aliados de Washington durante décadas, y que controlan las tres cuartas partes de las reservas mundiales de petróleo y gas.

Da igual que el traslado no vaya a ser efectivo por el momento, con la excusa de que primero es necesario construir un edificio adecuado y seguro para una gran embajada. El daño ya está hecho. ¿Cuáles van a ser las consecuencias?

A corto plazo, tras la cortina de humo de las protestas indignadas, podríamos ver poca o ninguna acción. El primer paso obvio es que se reuniese de nuevo una gran Conferencia Islámica extraordinaria para consensuar una postura común, pero de momento ni siquiera eso se ha hecho. Por lo tanto podemos descartar cualquier actitud enérgica más allá de la mera palabrería: Ni retirada de embajadores, ni retirada de fondos de los bancos norteamericanos y no hablemos ya de un posible embargo de petróleo.

Lo cierto es que muchos países islámicos, como Marruecos, Egipto, Jordania o Arabia Saudí tienen sólidos lazos con Washington. El maquiavelismo de la realpolitik dicta que esos lazos se preserven a toda costa, da igual lo que les pase a los palestinos. Siria, Libia o Yemen están desgarrados por sangrientas guerras civiles, de manera que no cuentan. Países como Malasia, Indonesia, Kazajstán, etc., están demasiado lejos para que el tema palestino les importe realmente. Otros países, como Irán, ya eran abiertamente antiamericanos, de manera que su hostilidad tampoco importa. Lo mismo para ciertos grupos no estatales como Hamás, Hezbolá, Al-Qaida, el Estado Islámico, etc.

¿Y los palestinos? Al fin y al cabo el problema les concierne a ellos más que a nadie. Sin embargo la reacción del Gobierno palestino ha sido decepcionante, como casi siempre. El presidente Mahmud Abás se limitó a declarar que Estados Unidos ya no puede ser mediador en el proceso de paz. ¡Como si todavía existiese algún proceso de paz! O como si Estados Unidos hubiera dejado de ser alguna vez totalmente parcial a favor de Israel.

Mientras tanto, los palestinos desahogan su rabia en tumultuosas protestas callejeras pero eso ya lo han hecho muchas veces, sin resultados prácticos. Los israelíes tienen mucha experiencia en controlar este tipo de algaradas. ¿Veremos una nueva y violentísima intifada? ¿Una ola humana que desborde a las fuerzas de seguridad israelíes? ¿O quedará todo en mero fuego de artificio... otra vez? Al fin y al cabo, Trump se limita a reconocer oficialmente una situación de facto.

No es imposible que la decisión de Trump acabe quedando en letra muerta. También prometió levantar un muro en la frontera con México y once meses después de su toma de posesión, las obras no han comenzado todavía. Por lo tanto ya veremos si de verdad se emprenden alguna vez las obras para la nueva embajada. Mientras tanto quizás Trump no sea reelegido, o lo liquide el escándalo ruso. Ya ha aprobado la desregulación financiera, que será la base de enormes fortunas pero también de la próxima gran crisis mundial dentro de quince o veinte años. Y también ha aprobado una enorme rebaja fiscal para los más adinerados, aunque sea a costa de un déficit mastodóntico. Por lo tanto quizás ya no se le considere necesario y se prescinda de sus servicios, que con un personaje de su calibre, escándalos no han de faltar para quitarle de en medio. Luego llegaría otro presidente que dejaría la embajada en Tel Aviv, y la vida continuaría.

A medio plazo, se ira haciendo evidente la magnitud del error de romper un consenso mundial de extraordinaria unanimidad. Se piensa mucho en la reacción islámica pero se olvida al resto del mundo. Aunque nadie tome medias hostiles directas contra Estados Unidos, tanto neutrales como aliados buscaran desengancharse lo más posible de un gobierno que se comporta de una manera tan irresponsable. Es frecuente comparar a Trump con Hitler, pero encajaría mejor compararle con Mussolini o el káiser Guillermo II, lideres autoritarios, bravucones y vacuos que arrastraron a sus países a terribles desastres por vanidad e imprudencia. Pero ni alemanes o italianos podían derribar a Mussolini o al Kaiser mediante elecciones o tribunales. Los norteamericanos si pueden.

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