Trump contra todos

La influencia del Estado judío sobre el Gobierno de EE UU brilla más que nunca y está obteniendo cuanto quiere

El presidente Donald Trump, contra la opinión mundial al completo, ha decidido que los Estados Unidos se retiren del acuerdo alcanzado en el 2015 por la comunidad internacional con Irán acerca de su programa nuclear. Solo Israel, el verdadero poder tras el trono en este asunto y otros varios de la agenda oficial estadounidense, apoya la imprudente decisión y el hecho, sin precedentes en el mundo diplomático de la posguerra -ver a Washington en conflicto político con sus mejores aliados en un tono de divergencia que ni la guerra en Vietnam produjo- parece confirmar que la tradicional influencia del Estado judío sobre el Gobierno norteamericano está brillando más que nunca y obteniendo en la práctica cuanto quiere y cuanto necesita. Es particularmente necesario recordar hoy que las solventes y severas inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica vienen confirmando sin vacilación alguna el estricto cumplimiento del compromiso por la parte iraní, lo que, a falta de pruebas en contrario, desautoriza la hipótesis norteamericana de que Irán sigue buscando afanosamente el arma atómica y, por tanto, enriqueciendo uranio. Resulta particularmente irónico que las acusaciones no probadas y el provecho político y diplomático en juego estén del lado de Israel, un país que, en cambio, dispone según una opinión universalmente admitida, de un muy nutrido arsenal clandestino de armas atómicas tácticas y ha rehusado invariablemente suscribir los vigentes acuerdos internacionales de no proliferación nuclear. La inquietante decisión ha sido tomada con facilidad y sin debate parlamentario alguno porque la condición jurídica del documento permite a Trump abolirlo sin pedir el aval pertinente al legislativo norteamericano, donde tampoco, pese a la habitual tonalidad proisraelí del Congreso, habría conseguido fácilmente vía libre para obrar como lo hace. Su administración, en cambio, no oculta que está preparando ya una amplia batería de represalias políticas y comerciales contra los países que ignoren la decisión de Washington, incluyendo muchos europeos, y apostando así por desencadenar algo parecido a una indeseable guerra comercial. Un desastre, pues, hijo de una intimidad israelo-norteamericana que ha llegado al paroxismo y, antes o después, terminará más mal que bien, sobre todo si el Gobierno Netanyahu, como parece seguro, mantiene su política de anexión territorial en suelo palestino y de un desenvuelto desdén de la legalidad internacional.

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