Un año con Trump

SYLVIA SASTRE

En junio de 2016 vivencié en Washington el descrédito que buena parte de la sociedad norteamericana, inmersa en el final de la campaña electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump, profesaba hacia este último. No había periódico o revista especializada de gran tiraje ni cadena de TV acreditada que dejara de ironizar sobre él, emitiendo además los resultados de estudios de veracidad en las declaraciones de campaña que dejaban a Trump con un inquietante 75% de inconsistencias o mentiras. Era difícil presagiar que ese candidato fuera el nuevo presidente de la mayor potencia democrática.

Los resultados de aquel 8 de noviembre dejaron a buena parte del país y al mundo occidental en estado de consternación e incomprensión ante una victoria atípica que parecía increíble. Un año después, este estado sigue vigente; los análisis de la derrota de Clinton y la victoria de Trump van a la par de los excesos verbales y desaires diplomáticos del presidente electo con un estilo político errático, incoherente y negativo especialmente dirigido a triturar los avances en política internacional y salud de su predecesor. En un año, ha restado más que sumado en política interna e internacional: ha amenazado retirar el apoyo a Europa, denunciado la participación de USA en el tratado de París sobre el clima, revisado irracionalmente el tratado transpacífico para contener el poder de China, ha rechazado certificar nuevamente el acuerdo nuclear con Irán, ha elevado la tensión nuclear con Corea del Norte, ha amenazado el tratado de libre intercambio con Canadá o Méjico, ha banalizado la injerencia rusa en las elecciones y política norteamericana, etc.; la lista de desencuentros es larga pero lo peor es que estas posiciones carecen de una estrategia evidente, mostrando una mezcla de amateurismo político, ceguera ideológica e intereses contradictorios que sonroja a buena parte de norteamericanos y aumenta el aislacionismo del país, amenazando su papel mundial y el de sus aliados, como Europa. Según K. Rudd -anterior primer ministro australiano-, «en menos de un año, la América de D. Trump se ha convertido en el hazmerreir del mundo entero».

Es curioso que la pérdida de credibilidad política sin claros avances económicos parece afectar poco al electorado que, en un 38% permanece fiel, aunque el incumplimiento de promesas y las nuevas políticas de desregulación financiera, la reforma fiscal favorecedora de los más pudientes, el retroceso en educación y programas sociales agraven directamente su situación. Una situación que se aleja del lema de su candidatura «hacer grande América, de nuevo» y, quizás, allane el camino a las ambiciones chinas de liderazgo mundial. Nosotros, los europeos, debemos reflexionar si convertirnos en observadores o actores en los cambios que esta atípica figura -y las bases que le apoyan-, está promoviendo.

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