El triunfo de la incoherencia

El fariseísmo político es deleznable porque parte del engaño a las personas y de creer que son tontas

DIEGO CARCEDO

Nunca la democracia necesitó más la coherencia política y nunca sus líderes la han desdeñado tanto como ahora. Es triste reconocer que la actividad pública todos los días nos ofrece ejemplos de la escasa fiabilidad que despiertan muchos de sus protagonistas. Quizás ya ocurría antes pero es ahora, con los avances tecnológicos, gracias a los cuales las incongruencias tanto ideológicas como prácticas de los políticos se delatan con más facilidad y alcanzan mayor eco. Todavía no se han apagado los ecos del máster de Cristina Cifuentes y ya estamos viendo las fotografías del chalé adquirido por Pablo Iglesias e Irene Montero, las dos estrellas del populismo de la constelación de Podemos, y escuchando el audio en que la revolucionaria pareja se pasó años denunciando y criticando a los 'burgueses' que se permitían lujos similares. Por algo Iglesias reconoce que vencer al capitalismo es difícil: resulta más tentador convertirse y pasarse al enemigo.

El fariseísmo político siempre es deleznable porque parte del engaño a las personas y responde a la molesta creencia de que son tontas. Mal favor le han hecho al populismo que propugnan Iglesias y Montero y excelente baza política la que han proporcionado al argumentario de quienes lo combaten. Por cierto, que tampoco hará un gran favor al PSOE el respaldo del expresidente Zapatero a la parodia de elecciones montada por Maduro para reafirmar su dictadura en Venezuela.

En el conflicto catalán las incongruencias están a la orden del día desde que unos iluminados pusieron en marcha un plan, el 'procés', que con promesas imposibles encubre la mayor sarta de mentiras, tejemanejes y trampas que cabe imaginar en una sociedad adulta, democrática y libre. Todo para degenerar en una trama racista, xenófoba y ultraderechista que en sus postulados nada tiene que envidiar al apartheid sufrido tanto tiempo en Sudáfrica.

Mientras tanto, la CUP, la extrema izquierda antisistema, avala a la ultraderecha clasista del PDeCat y entrega la presidencia de la Generalitat al rocambolesco dúo Puigdemont-Torra cuya imagen degrada el debate político a la condición de esperpento. Claro que estas cosas no ocurren sólo en España, suponiendo que eso consuele a alguien. En Italia, el populismo pintoresco de Cinco Estrellas pacta con la Liga, el partido pro fascista por excelencia, que con verdadero fervor imitará a Trump expulsando a 500.000 emigrantes.

Bruselas, capital de la Unión Europea, asume paradójicamente la protección de quienes intentan destruirla, y en Alemania, la incombustible Angela Merkel, critica furibundamente la intromisión rusa y sus 'fake news' y, sin embargo, concierta con Putin pingües negocios energéticos. Igual que Donald Trump pasa en cuestión de horas de amenazar con destruir Corea del Norte a prepararse para abrazar a Kim Jong-un con la misma facilidad con que pone y quita aranceles a China, igual que si se tratase de un trapicheo de feria.

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