EL TRIUNFO DE LA HIPOCRESÍA

MARCELINO IZQUIERDO

Hace tiempo que la España política ha rebasado con creces el nivel máximo de la hipocresía. El vaso lleva tanto tiempo colmado de agua putrefacta, no ya derramando gotas sino ríos y ríos de inmundicia, pero el hediondo tufo que destila no parece molestar ni a gobernantes ni a gobernados. La tolerancia al hedor que emana de la corrupción endémica paraliza cualquier tentativa de cambio, pero no un simple cambio de siglas ni de un «quita tú pa ponerme yo». Lo que necesita este país es una metamorfosis tan radical que ni a medio plazo se atisba. Cuando el evangelista Mateo reprocha al falsario: «Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás mejor para sacar la mota del ojo de tu hermano», no está sino desmontando el manido eslogan del «¡y tú más!» -¿les suena?- o la socorrida muletilla de «todos son iguales», que tanto rédito electoral está dando a ciertos partidos.

Apenas sin darnos cuenta, hemos comprado los españoles por una moneda de oro -si no menos- la burra que nos han sabido vender: «Ningún político es culpable hasta que la Justicia, en sentencia firme, demuestre lo contrario».

Y, aún así, cuando el peso de la ley cae sobre los corruptos, sus hasta entonces amigos y correligionarios ni lo conocen ni lo quieren conocer. Escribió el gran Francisco de Quevedo que «la hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política», y bien que lo están aprovechando los actuales prebostes eludiendo cualquier responsabilidad política.

Pareciera como si la hipocresía, la mentira o el cinismo, más que una repugnante lacra, constituyeran un valor añadido, el I+D+i del gobernante español del siglo XXI, no muy alejado de la picaresca que imperaba en el siglo XVI.

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