Un tragaluz

BERNARDO SÁNCHEZ

Mi padre (1929-2017) me recortaba estos Ojos. A lo largo de los trece o catorce años que llevo con ellos. Cada 'curso', digamos -pues suelo descansar en agosto-, iniciaba dos montones de artículos en la estantería de su salón: uno con los míos y otro con los de Justo García Turza. Domingo a domingo los montones iban creciendo, y el último de julio yo recogía mi cosecha. Unos cincuenta por año. Perfectamente ordenados por fecha. Perfectamente recortados. Perfectamente doblados. Perfectamente cuadrados por sus puntas. Una especie de encuadernación. O de edición. Sí, podría decirse que a su manera mi padre me editaba estos Ojos. Sólo en el momento de recogerlos solía yo releer alguno, con semanas, meses y acontecimientos de distancia desde que escribí aquello. El montón, de hecho, también funcionaba como un depósito, en el que reposaba lo que yo había escrito; se iba decantando y tomando asiento (o no acababa de tomarlo nunca, porque tendría que ser así). El montón ordenado constituía la prueba, el examen. Componía un total sobre el que sólo al cabo de la colecta anual me permitía yo hacer un balance. Mi padre me comentó en contadísimas ocasiones el contenido de mis artículos («ya he visto que hablas de esto», «éste lo he tenido que leer dos veces»...), pero el montón, ya recortado, hablaba por sí solo; era muy elocuente. En eso estaba el verdadero comentario. Me sentaba en el sillón de debajo de la estantería y barajando las entregas iba valorando con qué Ojos me quedaría, caso de tener que realizar una selección severa, y cuáles desecharía. El montón hablaba por mi padre. Los Ojos los recortaba el domingo ya tarde, tras leerse el , y , claro. El protocolo era muy metódico, de forma que si, por ejemplo, mi Ojo no aparecía en la página habitual, se desorientaba: «aún no lo he encontrado, te han debido cambiar de página». Aunque mi padre sabía que me gustaba ver crecer el montón de artículos y llevármelos al final, como un anuario, no cesaba de repetirme cada lunes, hasta que pudo hablar: «ahí los tienes, creo que estén todos». Mi padre me leía, pero él sabía que su forma de reconocer lo leído era recortármelo y custodiármelo. Ése era el certificado. El procedimiento de su aprecio. Mi padre fue siempre oficinista, que se decía antes. Orden, archivo, papeles, 'debe y haber' y una caligrafía de pendolista. Mi padre subrayaba en las revistas y en los libros todo lo que interesaba, que era casi todo. Y guardaba cuartillas repletas de definiciones de conceptos; definiciones escritas a bolígrafo, que él se componía espigando de enciclopedias y de monografías. Nunca tuvo un ordenador. Sólo Olivettis, una calculadora de manivela y hasta un ábaco. Recortaba centenares de artículos sobre los más variados temas (salud, en los últimos tiempos, la sábana santa, el antiguo Egipto, el camino de Santiago, y aún todavía, tras décadas alejado de la contabilidad profesional, ¡qué cosas!, cualquier noticia sobre novedades en el IRPF) y los guardaba en carpetas azules. Como en otros padres de su generación, la responsabilidad, la oficina y el trabajo se imponían al disfrute de las cosas. Recortar era una forma de troquelar el mundo que quedaba al otro lado de las obligaciones y de las preocupaciones domésticas. El mundo era ese álbum compilable, consultable, coleccionable. Muchas veces me recordaba mi padre al padre de de Buero, salvando personas de las páginas de las revistas, interesado por su identidad y por sus destinos. Mi padre, en fin, tenía una enorme curiosidad intelectual, estoy seguro que a estas alturas ya satisfecha por completo, y un enorme celo porque no quedaran sin hacerse las cosas debidas, y por eso, quizás, no se fue hasta haber departido un buen rato con el administrador de la Comunidad, mirándolo, mas bien. Total, que ahora guardo todos mis Ojos, unos seiscientos, en un A-Z, en cuyo lomo he pegado la siguiente etiqueta: «Artículos de mi padre». Porque es la verdad. Yo me limitaba a escribirlos, pero él, al recortarlos y apilarlos con pulcritud administrativa, se encargaba de darles entrada, una forma y un sentido. Así que ésta es mi primera columna huérfana del todo.

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