Trabajar el futuro

MARÍA ANTONIA SAN FELIPE

En ocasiones una noticia menor te impacta y te empuja a hacerte preguntas. Por ejemplo, vemos el hemiciclo del Parlamento Europeo vacío mientras en la tribuna de oradores un señor se esfuerza en hablar ante nadie y, de pronto, el cabreo surge de forma natural, como si lo hubiera convocado el asombro. El primer ministro de Malta, Joseph Muscat, rendía cuentas a nadie sobre los seis meses de presidencia y a nadie le importaba porque nadie había. El ciudadano se indigna y se pregunta: ¿Por qué no nos entienden, por qué no ven que nos duele su ausencia del puesto de trabajo? La respuesta es sencilla, simplemente no dan importancia a lo que nosotros consideramos relevante y eso ocurre porque cada vez están más lejos, no en distancia kilométrica sino en porcentaje de intuición política.

Los eurodiputados se muestran tan distantes del trabajador como del autónomo, del abogado como del médico, del barrendero como del maestro. Es tal la lejanía que no es extraño que en la Unión Europea y los países que la integran se viva una deriva política que resulta más sencillo describir que solucionar. El abismo entre la clase política y los ciudadanos, entre los representantes y los representados se incrementa por ausencia de sintonía.

Por eso, el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, se mostró sorprendido cuando el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, al comprobar que de los 751 diputados solo asistían a la sesión una treintena, se enfadó y afirmó que aquello era «ridículo», exageradamente «ridículo». Sin duda una falta de respeto a los países pequeños ya que, añadió, «Si el señor Muscat fuera la señora Merkel, algo difícilmente imaginable, o el señor Macron, más imaginable, hubiese encontrado una Cámara llena».

Sin embargo, quienes vemos la imagen no solo lo consideramos una falta de respeto al orador sin público sino un insulto a los ciudadanos, cuando a los trabajadores se les pide, en toda Europa, compromiso y dedicación a su trabajo para poder conservarlo, en muchas ocasiones, con salarios exiguos y condiciones laborales mucho menos favorables que las de los señores eurodiputados.

Dicen que los señores europarlamentarios estaban haciendo otras cosas pero según Junker, si hubiera estado otro jefe de estado como Merkel, las ausencias hubieran sido menos abultadas. Es cierto que, a veces, las apariencias engañan pero las imágenes del vacío parlamentario que se repiten habitualmente son demoledoras. Europa camina a la deriva desde hace tiempo y la prolongada crisis nos ha mostrado las goteras del edificio, que son muchas. Los movimientos antieuropeos y ultranacionalistas están amenazando y minando el proyecto común y poniendo en riesgo el espacio democrático más estable desde la Segunda Guerra Mundial, pero la falta de respuestas coherentes de las élites políticas de la burocracia europea también.

Seguramente Juncker quiso llamar la atención de sus señorías porque ahora que Trump se acerca a Putin y que la Gran Bretaña, se separa del proyecto europeo, es cuando más necesaria es una Europa fuerte y cohesionada. El primer reto, al que parecen dar poca importancia los eurodiputados ocupados en no se sabe qué, es aproximarse más a sus propios electores. Es tiempo de que, en vez de pelear por ir en las listas de sus partidos en puestos de salida, se preocupen de sintonizar la misma frecuencia vital que sus electores. Ellos también tienen un contrato con nosotros y queremos verlos en sus puestos de trabajo actuando con diligencia. Al fin y al cabo, aunque ellos no parecen darle importancia, de sus decisiones no depende su generoso sueldo sino algo más importante: nuestro futuro.

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