Los que tocan el piano

BERNARDO SÁNCHEZ

En la jerga hampona 'los que tocan el piano' son los que estampan sus huellas dactilares en una ficha policial. Si el golpe disfruta de una coartada musical -caso de El quinteto de la muerte, a costa de Boccherini, o de la financiación ilegal de Convergència Democràtica de Catalunya, a costa del Palau de la Música Catalana- pues la metáfora resulta -como suelen las buenas metáforas- de una exactitud gráfica insuperable. Hay una ironía en la expresión 'los que tocan el piano' para referir la aparente finura del pillaje perpetrado. Al 'Caso Palau', un caso de estilo modernista, le viene de molde. Aquí se ha visto un esfuerzo prolongado y tenaz por parte del nacionalismo catalán más cultivado -cómo no- en las artes musicales en 'hacer dedos' de una forma homologable con los países más desarrollados económicamente y filarmónicamente más refinados. Hablamos de alta burguesía, con palco y abono en cualquier evento wagneriano o de diseño. No como la carpetovetónica España, claaaaaro, que como se ve en sus españoladas cinematográficas, las de los años sesenta, las de Dibildos, es un solar plagado de tramposos, pedigüeños y en general gentes económicamente débiles. Como se demostraba, precisamente, en la película Los que tocan el piano (1968). Va usted a comparar al 'Cocosabio' (Leblanc), a la 'Gándula' (la Velasco) y al 'Torralba' (Landa), un trío de 'pianistas' que sin rudimentos en este tipo de solfeo intentaban -haciéndose ya pasar, eso sí, uno de ellos (Leblanc), por alcalde- colocarle a un guiri un falso Velázquez como pintado por la anciana de Borja, con señores de la preparación y gusto musical de un Millet, o de un Montull (e hija) o de un Osácar. Ya les recomendaba a aquellos tres pícaros 'el Tizona' (Gómez Bur), gánster con mundología de la misma película, que debían adaptarse a la delincuencia más internacional y a las nuevas tecnologías. Además, aquellos tres desgraciados eran unos 'don nadie'. No como, por ejemplo, Félix Millet (9 años y 8 meses), premio Cruz de San Jorge, por supuesto, y tan arraigado en la institución del Palau de la Música; de la que durante años vino desafinando fondos a la vez que pasaba las páginas de la partitura, pues era su Presidente (toma nuevas tecnologías). Además de -leo en la wiki- ser hijo del que fue presidente del Orfeó Català -formación residente del Palau- y bisnieto del fundador de dicho Orfeó, el que fuera autor también -ni más ni menos- del Cant de la Senyera. Por defender el que este cant se pudiera cantar en 1960, con motivo de una visita de Franco a la ciudad condal (vocabulario también de entonces), le costó la detención y proceso a un joven Jordi Pujol, quien más tarde -y oyendo otros cantos- encontraría en un Banco de Andorra un destino para sus misales e ideales. Por el mismo hueco en el que circularon la música y/o las personas de Casals, Mompou, Granados, Rubinstein, Rostropovich, Boulez o Rachamaninov -que éste sí era un pianista de verdad- se fue desfondando la casa: un santuario -junto con el Liceo- del catalanismo lírico. La traición fue cometida desde dentro. Como en otros negociados del catalanismo. Lírico, lírico o telemático. Y de aquellas mordidas esta última mordida: el secesionismo que pretende llevarse de España el 6,34% del territorio y un 16% de la población. Lo sucedido, en este Caso, bajo la tapadera de un templo musical es muy representativo de la malversación que cierta burguesía alta -en el fondo, menos culta de lo que aparenta- ha realizado históricamente del arte para blindar intereses o simplemente decorarlos. O blanquearlos. Para refinar, con un hilo musical de fondo, algunos de sus comportamientos, bastante menos delicados en el orden social o político. El 'Caso Palau', por tanto, no ha consistido, sólo en un robo, sino en una profanación. Porque ha convertido un espacio para la música en una lavadora de transformar notas negras en notas blancas en siete movimientos tipificados por la Audiencia Provincial de Barcelona: malversación (larghissimo), apropiación indebida (presto), falsedad en documento mercantil (andante) y contable (andante grazioso), tráfico de influencias (andante con moto), blanqueo de capitales (adagio sostenuto) y contra la Hacienda Pública (vivacissimo), al compás del 3%. ¡Maaaaaaambo! A Artur Mas, quien fuera presidente del Partido beneficiario de esta operación pianística, la sentencia le parece demasiado dura, y ya pagada en sedes y en disolución. ¿Y el músico Lluis Llach? ¿qué opina de esto?

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