LA TIERRA PROMETIDA

MANUEL ALCÁNTARA

Tiembla bajo sus pecadoras manos y sus veloces pies el paraíso que auguraron cuando Cataluña fuera una república independiente. Ahora la Fiscalía del Tribunal Supremo pide prisión sin fianza para la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y otros secuaces de la Mesa de la cámara catalana, mientras Puigdemont y sus cuatro consejeros huidos se entregan en Bélgica. No deja de ser un alivio que estén un poco más lejos del epicentro del volcán, pero los arroyos de lava nos llegan a todos. El descontento es una pandemia y afecta incluso a los que no se van a contentar nunca, que es una palabra tan estremecedora como 'siempre' y no nos cabe en la cabeza, ni en el corazón. Por eso la han utilizado todas las religiones, quizá salvo el budismo. Lo que más abunda ahora son las querellas. Su fallo lo emite el tribunal del viento, pero el dictamen llegará cuando hayamos cambiado de aires.

El delito de rebelión lo castigan todos los Estados con una severidad que es limítrofe con la venganza. Por eso el llamado bloque constitucionalista no quiere hablar de pactos hasta después del 21-D. Si el calendario no tuviera también los días contados, los llamamientos a la calma serían más eficaces. El que dicen que los maneja mejor es Rajoy, que no pierde los nervios porque no los tiene y se limita a poner nerviosos a los demás. La llamada 'cuestión catalana' nos está haciendo olvidar que de las diez poblaciones más pobres de España nueve son andaluzas. La pobreza extrema se ha fijado en sobrevivir con menos de 332 euros mensuales, lo que supone que más de un millón de la población andaluza sufre la 'exclusión social'. Tanto Cáritas como Acción contra el Hambre han dado su voz de alarma, pero los focos sólo alumbran a Cataluña y a los delincuentes refugiados en Bruselas.

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