Tiempo de insolencia

MARÍA ANTONIA SAN FELIPE

Dicen que no nos acordamos de los bosques hasta que se queman. Con la corrupción nos pasa lo mismo. Hasta que no han ardido las entrañas del sistema no nos hemos dado por enterados del barrizal en el que vivíamos. A lo mejor nuestra curiosidad evitaba saber la verdad y ahora somos conscientes de que, gracias a ese inmenso océano de indiferencia en el que nos movimos la ciudadanía, algunos fueron haciendo de su capa un sayo, forrándose a nuestra costa con la colaboración de nuestro displicencia.

Esta semana, el prototipo de millonario que ha amasado una inmensa fortuna a la sombra del PP, Luis Bárcenas, ha comparecido ante una comisión de investigación del Congreso con la chulería propia de quien nada teme. En realidad, Luis Bárcenas lleva mucho tiempo cabalgando sobre la impunidad. Como le recomendó Mariano Rajoy, ha aprendido a ser fuerte porque nuestro sistema es débil y nuestra memoria frágil. Su fortaleza hunde sus pilares en la certeza de que el miedo en el cuerpo que recorrió a la cúpula del PP ha convertido en gatitos a quienes, insultándolo como si jamás lo hubieran conocido, aparentaban no ser cómplices necesarios y beneficiados últimos de sus aparentes tropelías. Ganaron las elecciones; Rajoy resiste y el miedo quedó enterrado entre la basura.

Así que en el Congreso no es que hubiera reparto de papeles, simplemente hubo coincidencia en la táctica y en la estrategia entre el que tenía que dar explicaciones, Luis Bárcenas, y quien debía ser el más interesado en exigírselas, el PP, si fuera verdad todo lo que nos han dicho hasta la fecha. En este clima de connivencia entre compañeros de organización tanto Luis Bárcenas como los portavoces del PP se escondieron tras el silencio respecto a la financiación ilegal de su partido, las comisiones, los sobresueldos de los ministros en cajas de puros y otras miserias conocidas. El espectáculo no es que fuera indignante, fue directamente insultante. Bárcenas se instaló en el mutismo pero, más allá de su estrategia judicial, su silencio gritaba por sí solo acompañado de gestos de desprecio. El mensaje era sencillo: «¡Pobres diablos! A mí no me acongojan estos ilusos».

Claro que no. Sabíamos que era un sinvergüenza y ahora comprobamos que también es un perdonavidas que se sorprende de que alguien ponga en tela de juicio sus andanzas por las cloacas del sistema para forrarse. Por su parte, el portavoz del PP, enardecido por el silencio de su antiguo correligionario, en vez de emplear la dureza que tan indecente asunto requiere, se lanzó a contar lo bien que va España, viento en popa a toda vela, gracias al PP. El silencio de Bárcenas alentaba vientos de propaganda para evitar irritar al compareciente no fuera a soltar alguna pedrada sobre el frágil tejado del presidente Rajoy, el verdadero jefe al que todos sirven y protegen.

No hay que ser un lince para deducir cuánto mejor estaría este país si todo el dinero desviado de las arcas públicas y toda la variedad de sinvergonzadas que hemos soportado hubiera financiado la economía social y los servicios públicos. Los silencios del PP y de su extesorero iluminan la certeza de un pacto tan obsceno y degradante para quienes lo han aceptado que nos muestra, de forma descarnada e hiriente, una España que debe ser enterrada para siempre.

Esta semana, en el Congreso, el mismo lugar en el que Bárcenas se rió de la soberanía popular, se ha celebrado el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura franquista. España ha cambiado mucho, pero ya no podemos permitir que quienes se han hecho fuertes en las trincheras de la corrupción y quienes los encubren sigan minando una democracia todavía vulnerable. Hay que poner fin al tiempo de la insolencia mandando al infierno la chulería del insolente y de quienes lo protegen para salvarse.

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