El tiempo amarillo

BERNARDO SÁNCHEZ

Mariano Medina descubrió a los españoles de finales de los años cincuenta que el tiempo (hablo del meteorológico) tenía mapa propio. Gracias a esta novedad, la cartografía nacional pasó a componerse del mapa geográfico, del mapa político -que se enseñaban en las escuelas- y del mapa del tiempo, que se veía en la televisión. Que se veía a través de la nieve, claro, esa nieve televisiva que caía a menudo sobre la pantalla, señal de que en el interior de aquellos primeros aparatos reinaba el invierno de los orígenes. Si un país, por cierto, es capaz de superponer estos tres mapas, sin más precipitaciones que las justas, podría acabar vertebrándose. No es el caso. Pero volvamos a hablar del tiempo. Cuando Mariano Medina, el tiempo era una cosa modesta y en blanco y negro que servía para cerrar los telediarios. En dos minutos. Sin darse más pisto. Tú te levantabas por la mañana, te asomabas a la ventana, veías el astro y decías: «Bueno, bueno, no hace...». Así era el tiempo. Al llegar Mariano Medina, que venía de dar el tiempo en la radio -lo cual debía ser como radiar La guerra de los mundos de H.G.Wells-, pues ya pasó a encargarse él de todo; de ahí lo de 'el hombre de tiempo'. Y de su invento: «El mapa del tiempo previsto para mañana». Una dimensión hasta entonces desconocida. Su mapa del tiempo, entrevisto en el televisor, era también una cosa de andar por casa: una viñeta que estaba incluso firmada al pie por el propio Mariano Medina; como firmaban sus viñetas Ibáñez o Escobar. De hecho, Mariano Medina parecía un personaje como dibujado por Escobar. Y como en los tebeos, en la viñeta del tiempo de Mariano Medina había dibujadas a mano líneas y letras que parecían onomatopeyas o bocadillos, sobre un fondo fijo de la silueta de Europa. Así empezamos a ser europeos, participando, con Mariano Medina, de la climatología europea, y de su perfil geográfico. Viendo por dónde nos empezaba a dar el aire. El encaje en el mapa político vendría después. Con sus claros y nubes. Hablando de nubes, Mariano Medina, aunque en la intimidad de su ciencia conocía la base sinóptica y los teoremas de la vorticidad, de cara a los televidentes sintetizaba la nubosidad en tres niveles: 'algo nuboso', 'poco nuboso' y 'despejado'. Cojonudo. Pero si querías llegar hasta el cielo y aun más allá, el hombre te proporcionaba media docena de términos que yo creo que importó directamente de la nave Enterprise o de la serie Perdidos en el Espacio: 'isobaras', 'restos de borrasca', 'presiones', 'valores' y -la estrella, como sacada del lenguaje klingon- 'anticiclones'. Conceptos todos ellos aplicables a cualquier otro aspecto de la vida, tan anticiclónica de por sí. Mariano Medina explicaba el tiempo como su coetáneo Alfonso Sánchez las películas. Alfonso Sánchez era el hombre del tiempo de las películas como Mariano Medina era el crítico de cine del tiempo. Y un poeta. Mariano Medina tenía mucho sentido del humor, fumaba y su segundo apellido era Isabel. En cambio, lo estamos apreciando sobre todo en estos fines de semana de temporal, de suspense climatológico, la predicción del tiempo en las televisiones viene acusando en los últimos años un cierto, digamos, 'amarillismo' meteorológico. Un sensacionalismo evidente. Como ya no existe un único 'hombre del tiempo' hay mucha competencia entre oráculos. Y las cadenas han otorgado a 'el tiempo' un espacio desmesurado en sus informativos. Tan largo como precise la inserción publicitaria de las compañías energéticas o de cualquier otro producto climático o anticlimático. Cuando llega a su final la predicción, las condiciones climatológicas ya podrían incluso ser otras. El grado de espectacularización del 'parte' está saturado. El mapa del tiempo tiene las dimensiones de un planetarium y los anticiclones son digitales. La sobreactuación de hombres y mujeres del tiempo actuales está, en mi opinión, muy agudizada. Se pasean, ingrávidos, de punta a punta del mapa virtual, que es como una gran video instalación. En comparación, el plano medio de Mariano Medina era una muestra de cine clásico, como hubiera balbuceado Alfonso Sánchez. Los espectadores mandan vídeos de cada crepúsculo o de cada ventarrón. La previsión ya no es para mañana sino para las dos próximas semanas. Y uno, al igual que elige con qué campanadas cambiar de año, ahora puede elegir el tiempo que más le conviene: el de la 1, o de Antena-3, o el de Tele-5 o el de la Sexta. Un tiempo público o un tiempo privado. Por cierto que en el programa de nochevieja de 1963, Mariano Medina compuso un soneto que empezaba: «La predicción me manda hacer Violante/ y en mi vida me he visto en tal aprieto, / vaticinar un año que es bisiesto/ es cosa peliaguda ¡Qué diantre!». El tiempo, en fin, ya es un género televisivo.

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