This is the end...

BERNARDO SÁNCHEZ

Al final de una idea, muy al final, siempre hay que rescatar a alguien. Sieeeeempre. Entre perdido y aferrado. Entre engañado y autoengañado. Transformado fatalmente, porque ya no puede abdicar de su idea sin dejar, a la vez, de ser lo que es. Sea lo que sea. Las ideas acaban tomando formas impredecibles. Un 'ideal' es de las formas más nocivas. Tú le tomas cariño a un ideal, lo engordas, crees que lo vas haciendo tuyo y de pronto, el ideal, la idea, la cosa, crecida como la planta carnívora de La tienda de los horrores se vuelve y te saluda con una voz de señor y a continuación te devora. O la idea loca por la que creías circular con comodidad se convierte en un laberinto y ahí te quedas, sonado. De por vida. Te envían a profesar un ideal -o una misión comercial- hasta el final, aunque el final no se vea, o aunque se vea a través de una niebla del espesor del acero corten y al final te quedas más solo que la una. E incrustado en el órgano más atrofiado de la idea. Siempre hay que ir a buscar a casadiós a un tipo para notificarle que la guerra, cualquier guerra, se acabó (incluso hace años) y advertirle que los suyos ya no serán nunca más los suyos. Pasa últimamente mucho también con extesoreros o con expresidentes o con exministros. Fueron demasiado lejos al servicio del partido, pero no se habían enterado. Y ahora, a algunos échales un galgo. Y ya nadie conoce a nadie. Es el síndrome de 'el corazón de las tinieblas'. Ya saben, la novela de Joseph Conrad. Marlow atraviesa el río Congo para localizar a Kurtz, en su día un funcionario destacado del imperialismo (belga, por cierto), pero a esas alturas de la historia, Kurtz ya se ha convertido en Marlon Brando. Resumiendo mucho. De hecho, como recordarán, de la novela salió la película Apocalipsis Now. Escribo esto el jueves, tras leer la dramática serie de mensajes de Puigdemont a Comín. No he podido evitar el imaginarme a Puigdemont mesándose -a diferencia de Brando- su abundante cabellera en algún rincón de Bruselas y musitando (y cito sus palabras): «Esto se ha acabado. Los nuestros nos han sacrificado, al menos a mí... pero yo ya estoy sacrificado... Me tocará dedicar mi vida a la defensa propia»; reconociendo su condición de periodista y de ser humano que a veces duda. No dice nada, en cambio, de ser capaz de equivocarse, lo que le convertiría en más que humano. Muy al contrario, instalado en la idea, cautivo de ella, 'resistiré', como decía el dúo dinámico: «no me arrugaré ni me echaré atrás, por respeto, agradecimiento y compromiso con los ciudadanos y el país. ¡Seguimos!» (sic). Pero ¿a dónde?, ¿qué país? Y sobre todo ¿qué... ciudadanos? No conozco un caso más exprés de desconexión con la realidad. Ni más patético. Ha alcanzado en tiempo récord un recoveco del río verdaderamente remoto, casi inaccesible. Al que Torrent o Rovira, o un propio, no sé, a quien manden a este mando perdido, habrán de llegar, si se atreven a enfrentarse con Brando, con enorme dificultad y corriendo riesgos. Y con escasas posibilidades de éxito. Porque... ¿quién se va a atrever a decirle a Puigdemont que la República catalana son los padres? Ahora que la idea ya ha tomado forma de Puigdemont. Porque así lo han consentido, o ha interesado que así fuera. Pues eso está ahí. A ver cómo se disuelve. El conocido como 'proceso' ha sido, lo sigue siendo, más parecido al de Kafka que al idealizado por sus promotores, Puigdemont y los -entonces- suyos, junts pel sí, aunque no se sabe qué más razones les juntaban ni qué había después del; quizás un largo y sinuoso río del Congo belga, lleno de peligros a ambas orillas. En cualquier caso, lo que es seguro es que esto ya hace rato que, como decían nuestras abuelas, nos está costando un Congo. Pero si hay un proceso, en toda esta historia, al que hemos asistido en tiempo real y día a día, es al de la creación del personaje del propio Puigdemont. Lo conocimos cuando no era nadie y luego lo hemos visto deambular mucho, en la tele, por los claustros de la Generalitat, y sonreír en la primera fila del Parlament. Cuando todo iba a ser un paseo por la Rambla, una diada perpetua. A fecha de hoy, río arriba o abajo, ya es Puigdemont. Lost total. Y ya no puede permitirse la debilidad de dejar de serlo. Y fuera, no queda más que la cárcel. En la que permanecen algunos de los suyos. En comparación, lo de Kurtz me parece un futuro esperanzador. En fin, un horror, my only friend.

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