Tertulia de una noche de verano

JULIO ARMAS

Escribo estas líneas a la vuelta de un viaje a Cataluña. Todo muy rápido. Ir, firmar, cenar con mis amigos en la Barceloneta y volver. Ya digo, todo muy rápido. Después de cenar y 'aterrazados' frente al mar, sobre el 'problemón' de lo que está pasando por aquellas partes, aprendí lo que no está en los escritos. Verán, les cuento.

Decía uno: «El otro día me pasó lo mismo que me pasaba en Bilbao hace veinte años. Estabas tan tranquilo por las bebiendo unos potes con la cuadrilla y si alguien hablaba del problema de ETA, antes de hacerlo, miraba de soslayo por ver si alguien le escuchaba, luego bajaba la voz hasta que casi no se le oía y al final y con toda precaución decía lo que quería decir. Aquí, el otro día me pasó lo mismo. Estaba en charlando con un frutero, hijo de riojana, le pregunté que cómo iba la cosa y a mitad de conversación cambió de tema para luego, en voz baja, decirme que había llegado al puesto una pareja «...que son muy catalanes» y que era mejor callarse porque se corría el peligro de que ellos y su círculo te amargaran la fiesta». Eso fue lo que dijo y yo pensé mira... regreso al futuro.

Y decía otro: «Una semana volví de Gerona por autopista. Como siempre, la AP-7 venía hasta los topes y yo iba pensando la que se liaría a la entrada de Barcelona. Me armé de paciencia y pensé que había que estar tranquilo. La verdad es que no me iba de media hora más o menos. No fue para tanto, la entrada a Barcelona estaba bastante descargada. Curiosamente eran muchos menos los coches que entraban a Barcelona que los que seguían camino hacia el sur. Por la noche oí en la televisión que las costas catalanas estaban afrontando las vacaciones estivales con una afluencia limitada de público. Al final del reportaje se decía que por primera vez la comunidad valenciana, y muy específicamente Valencia capital, tenía sus plazas turísticas cubiertas al cien por cien». Eso fue lo que dijo y yo pensé que la gente no era tonta y que, a río revuelto en Cataluña, ganancia de pescadores en el reino de Valencia.

Y decía otro: «Tendréis que reconocer que nuestro presidente Puigdemont, otra cosa no será, pero pelmazo... ¿Os habéis dado cuenta de que, como corifeos de la independencia, tanto el amerense como su cuadrilla han ido pasando del estado despilfarrador a un estado de permanente amenaza, buscando sin duda que el miedo de España guarde la viña de Cataluña? ¿Cuándo se darán cuenta de que las amenazas solo son armas para el amenazado y que esto al final se arreglará con una amnistía y un cheque?». Eso fue lo que dijo y yo pensé que al final, y como siempre, una cosa es predicar y otra dar trigo.

Y decía otro: «No os podéis imaginar lo bien que me lo pasé el otro día en la Cooperativa; vino un (bodeguero) a recoger no sé qué papeles y mientras se los preparaban estuvimos hablando un rato. Me decía que con esto de los referendos él no entendía nada de lo que estaba pasando. Lo primero que no se entiende -dijo- es eso de los porcentajes del sí y del no. Porque, vamos a ver, usted imagínese que esto es la cocina de un restaurante que hay en un pueblo de dos mil habitantes, en la que, a más de un chef hay un responsable de preparar las tapas. Y un día, ese responsable de los aperitivos va a ver al chef y le dice que sería bueno preparar dos mil tapas para todos los del pueblo, pero que para estar seguro de no equivocarse, habría que hacer un referendo para saber si el pueblo querrá o no querrá las tapas. Hasta aquí lo entiendo -dijo el bodeguero-. Luego se hace el referendo y el resultado es que quinientas personas quieren tapas, quinientas personas no las quieren y mil personas contestan a la pregunta diciendo que por ellos se pueden ir metiendo las tapas por donde les quepan, porque el día del referendo se van a ir a la playa. Y ahora, a la vista del resultado, viene la gran pregunta: ¿usted cuál piensa que es el resultado de la consulta?, ¿que la mayoría del pueblo quiere comer tapas o que la mayoría del pueblo no las quiere comer? Pues ya ve, aunque está claro que la mayoría no quiere tapas, hay que seguir mareando la perdiz». Eso fue lo que dijo y yo pensé que hay que tener cuidado con los referendos porque los carga el diablo y más todavía si es uno de esos en los que si el que lo organiza no gana es porque no le da la gana.

Y todavía hubo más comentarios jugosos de estos amigos míos catalanes que viven en Cataluña, pero el caso es que yo al día siguiente tenía que madrugar para volver a casa y, a lo tonto, a lo tonto, del mar venía una brisita que tampoco presagiaba nada bueno. Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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