El fin del terrorismo

La petición de perdón selectivo hecha por el último pelotón de la banda ha llegado con mucho retraso

MARGARITA SÁENZ-DIEZ

Cuando la condición de terrorista se atribuye a diestro y siniestro, cuando se invoca como gran panacea la legislación antiviolencia, se banaliza en la práctica lo que es el auténtico terror. Ese que ETA instaló durante décadas en nuestro país. Ese espanto que parecía no tener fin. Ahora, la petición de perdón selectivo hecha por el último pelotón de la banda ha llegado con mucho retraso. Demasiado, aunque su reconocimiento del daño causado supone un paso adelante en el camino hacia la reconciliación.

Se nos había olvidado el sentimiento de temor a una muerte arbitraria que nos envolvía al cercarnos a un centro comercial, al pasar junto a un coche que podía hacer explosión. Recordamos pocas veces aquellos cientos de cuerpos desmembrados, los hijos perdidos, las heridas no cicatrizadas, pero que los residuos de ETA lamenten el sufrimiento desmedido que provocaron merece ser tenido muy en cuenta.

Hace algo más de seis años que ETA dejó de matar. Y ese objetivo se consiguió con la colaboración de muchos y la decidida participación del presidente Zapatero, el entonces vicepresidente Pérez Rubalcaba y el exlehendakari Patxi López, como ha recordado el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, cuando otros ni se dignaron imponerles media medalla.

Aún falta por llegar la petición de un perdón sin cortapisas para la totalidad de las víctima, aunque ETA hable en su comunicado que el País Vasco jamás debió haber padecido aquel horror y reconoce la responsabilidad directa que adquirió con ello. Pero, mientras, un valiente grupo de obispos vascos y navarros han lamentado que en la Iglesia se dieran complicidades, ambigüedades, omisiones, y han pedido sinceramente perdón.

A causa de aquella violencia que parecía imparable, se quedó en el camino demasiada gente de todas las edades, de los cuerpos de seguridad del Estado, del Ejército, políticos, ciudadanos de a pie. El terrorismo se llevó por delante a personas buenas, con sus propios proyectos de vida, con familias a las que solo les quedó la desolación.

Ante esa criminal sinrazón hubo hombres y mujeres valientes que enfrentaron la situación. Muchos fueron los asesinados: jueces, fiscales como Carmen Tagle, políticos como Ernest Lluch y Miguel Ángel Blanco, el presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente y tantos más. Algunos aún pueden darnos su testimonio, entre otros, el magistrado Baltasar Garzón que desde la Audiencia Nacional fue acorralando a la banda, trabajando codo a codo con la Fiscalía y y los cuerpos de seguridad sin que se la haya reconocido.

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