EL TECHO LEVADIZO

MANUEL ALCÁNTARA

No sólo se mueve el suelo bajo nuestras inciertas pisadas, sino el íntimo cielo de las habitaciones. El equilibrio es precario, pero no se derrumba porque Rajoy se ha agarrado a la brocha. El Gobierno consiguió anteayer la aprobación del gasto por la mínima diferencia, contando con la máxima indiferencia de muchos españoles. Los objetivos se han conseguido y Rajoy tiene asegurados dos años más de legislatura, cosa que a media España le parece muy bien y la otra media cree que es insoportable. Queda mucha tela por cortar, pero entre sastres no se cobran las hechuras. Como somos, entre otras cosas, un país de juglares, ya circula una copla que dice: «Aprended, flores de mí, lo que va de ayer a hoy»: «Lo que no podía Podemos, lo puede Rajoy».

La definición de juglar, según el viejo y eterno diccionario Covarrubias, es alguien que «lleva la vida jugada y anda a mucho peligro». Me gusta repetirla, no para que se la aprenda alguien, sino para que a mí no se me olvide. Por la puerta abierta dejada por la Generalitat para reclamar responsabilidades contables se pueden colar muchos irresponsables. La alarma entre los trabajadores públicos de la Administración catalana ha crecido, a pesar de que Puigdemont y Oriol Junqueras digan que el referéndum ilegal se hará con todas las garantías legales. Siempre hay gente que nos amarga la vida mientras Antonio Banderas, que acaba de ganar el Premio Nacional de Cine 2017, procura endulzárnosla a los que jamás hemos sentido ni la envidia ni el tedio. Saber alegrarse es un arte, porque siempre se encuentra algún motivo, pero no es conveniente apartar la vista durante mucho tiempo. Sólo en un abrir y cerrar de ojos. Lo suficiente para no parecer tontos, ni para pasarse de listos, como Puigdemont y su esparring Junqueras, que no conocen su techo. Por mucho que salten.

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