Teatro Nacional

BERNARDO SÁNCHEZ

1En un momento de su comparecencia en la famosa Comisión de investigación, Bárcenas le soltó a Toni Cantó lo de «no actúe como si estuviese en una obra de teatro». Estoy seguro que Bárcenas no veía el momento de decir esa línea; que estaba deseando que Cantó concluyera su turno de preguntas sin respuesta (el teatro, desde luego, viene trabajándose este tipo de preguntas, desde Sófocles a Beckett, Cantó lo sabe) para hacer la gracia; que la llevaría preparada desde casa, seguro, considerándola ingeniosa, incluso aguda. Fuese cual fuese el tono de la intervención de Cantó, se la iba a soltar de todas todas. Y a eso fue a la Comisión. A medirse con otro profesional de la escena. Podría parecer que Bárcenas guardó silencio en todo lo demás para que sobresaliera su réplica a Cantó. Y la incluyeran de inmediato -eso ya pondría al extesorero en la Avenida de la Fama- en los libros de citas célebres del cine negro; como Bogart, por ejemplo, le respondía a Bacall en «A mí tampoco me gustan mis modales, me hacen llorar las noches de invierno, y me importa tanto que le moleste como que se tome la sopa con tenedor»; o -más ejecutivo- Paul Muni en : «Apártate, que voy a escupir». Para mí, no hay duda que Bárcenas sólo compareció movido por la posibilidad regocijante de poder salirle a Cantó con lo de que no hiciera teatro. Una SALIDA DE ACTORES. De hecho, el propio Bárcenas ha sido ya -por méritos propios- carne de teatro y de cine: véase la pieza teatral Ruz-Bárcenas y su inmediata adaptación cinematográfica, la película B (que no de serie 'B'; porque aunque no falten en esta tragicomedia episodios chusqueros, se manejaba un presupuesto muy alto). En este país, con la excepción de Eleuterio Sánchez, suele costar mucho más fabricarse una bibliografía y una filmografía. En la Comisión, Bárcenas se dirigió a Toni Canto no en calidad de sujeto investigado sino como el personaje que ha llegado a ser. Téngase en cuenta que Bárcenas es un tipo que, cuando menos, se escribe sus propios papeles. Y se dirigió a Cantó con la soberbia de quien se sabe más alto en el cartel. Ahora mismo, Bárcenas es un galán maduro. Con mechas de canas y patillas frondosas, como a punto de ranchera. No intentó humillar a Cantó como diputado sino como actor. Pero además, es que está convencido de que él no hace teatro. 'Hacer teatro' es un grado inferior, y lo deja para otros, como Toni Cantó. Bárcenas -y se van sumando otros al : el Granados de misa diaria, el Villarejo tapado por su carpeta, como para caminar entre la peste...- hace otra cosa. Es otro nivel. Otro género.

2. Puigdemont hizo mucho 'teatro' el otro día. Despreciando la verdadera política. La política es una cosa que queda para otros, claro, ciudadanos que quedan fuera del teatro, que no están invitados; más de la mitad de un país que queda fuera del teatro, del Teatro Nacional de Cataluña, real y metafóricamente hablando, en cuyo escenario representó Puigdemont un monólogo de ínfima calidad democrática; aunque todo un éxito si de lo que se trataba era de dar más miedo: derogación, ejecución inmediata, goleada por 1-0, ley suprema... pero -eso sí- un «nuevo horizonte luminoso que nos espera» (diputado Llach). Lo de hacer política queda, por lo visto, para los Parlamentos y para esos Estados que a Guardiola le parecen autoritarios. Y toda la puesta en escena plantada sobre un jardín de urnas vacías con forma de Cataluña, ¡oh!, maravilloso invernadero , gran idea de los escenógrafos del . Una Cataluña vidriera, como el licenciado; con techo de cristal. La velada del martes en 'el Nacional' -título que le pusiera Joglars en 1993 a su sátira sobre la tramoya política de los teatros Nacionales- constituyó un abuso ceremonial y partidista del marco teatral, que fue, por cierto, menos nacional que nunca, pues fuera, sin asiento en su aforo -tan autocomplaciente aforo, cobijado en su interior, como en la de Lorca, haciendo teatro-, habita una mayoría de catalanes ninguneada, a la que se ignora y atemoriza. Fuera de la sala quedó, en fin, lo real. Teatre Nacional de Catalunya, en la Plaça de les Arts de Barcelona. Sólo recordar que su sala grande la inauguró Adolfo Marsillach en 1997 con un montaje de a la que le seguiría una maravillosa de Chejov dirigida por Flotats, que se reservó además el papel del escritor Trigorin. Recordar sólo que -algo se conoce ya de estas movidas entre paredes del Nacional catalán- que Flotats había sido el creador, motor e ideólogo artístico de este Teatro, del que -por su divergencia con Convergencia, en lo que al arte dramático y nacional se refiere- fue cesado ¡en las fechas de estreno!, a lo Baiget. Trigorin, por cierto, reclamaba para sí: «Soy también un ciudadano, amo a mi país y a mi pueblo».

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