En una taza de té

FÉLIX CARIÑANOS

Cuando accedo a la Plaza de mi pueblo, la que se escribe con mayúsculas aunque no es la más grande, hace un céfiro que pela el cutis y conviene llevar un tapabocas de los que se acomodaban los de antes, como para adentrarse en la Antártida. Cuentan que por ahí está desnevando, que los pantanos se nutren de las alturas y el Ebro crece sin llegar todavía al cerro en que se asienta mi pueblo (¡je, toro!). Yo, siguiendo las costumbres de la Madre Naturaleza, procuro continuar viviendo y en el bar La Rúa me siento cómodamente para tomar un té rojo frente a la tumba de un tal César Borgia, localizada junto a la monumental portada de la parroquia de Santa María de la Asunción, una de las mayores de la antigua diócesis de Calahorra y La Calzada. Ahora que en mi ciudad colean los carnavales hasta el Domingo de Piñata, recuerdo que a las gradas sobre las que se asienta este templo no podían acceder los cachis o máscaras; el lugar gozaba de derecho de asilo, a la manera de épocas pretéritas.

Introduzco una galleta en la infusión, espero a que se empape y, a la manera de aquellos arúspices especialistas en entrañas, la remuevo con una cucharilla mientras observo el remolino. Entra una peregrina japonesa, a la cual saludo con un buenos días; ella, sonriente, me devuelve la cortesía; yo observo el equipaje, preveo que no viene a ver el Real Madrid-París Saint Germain y le deseo buen Camino; me responde con un gracias. Leo que se han reunido las alcaldesas de Madrid y Barcelona, sorbo parte de la infusión y espero que las ciudadanías de esas dos poblaciones tan contaminadas -me refiero únicamente a su realidad respiratoria- sigan el ejemplo protocolario de sus líderes; poco les cuesta, como a ellas.

Fuera, el cierzo azota a unos obreros que sacan escombro de alguna obra que los ocupa en la iglesia; el párroco también colabora, embutido en un mono azul. He recibido un correo en el que Javier Asensio, folclorista riojano, me invita a escribir el prólogo de su futuro libro «Oraciones, conjuros y fórmulas mágicas recogidas de la tradición oral riojana». Me viene a la memoria aquello que cantaban los mozos de mi pueblo, imitando algunas de las fórmulas clericales gregorianas: «Un padrenuestro y un avemaría / por los que van al campo sin caballería»; o aquella otra de índole funeraria: «Al que tenga viñas y olivares / le echaremos buenos cantares, / y a aquel que no tiene nada / no le cantaremos nada».

Para en la calle una furgoneta de esas que aportan medicinas a la farmacia contigua. Sorbo lo último del té recordando haber visto esta semana a los invitados a una boda, tiritando -ellos y ellas- de frío a las puertas de un ayuntamiento aunque no eran en esos momentos azafatos ni azafatas, modelos y modelas de nada. Supuse que optaban libremente a ello. Como yo, que suelo ir al campo sin caballería después de haberme tomado un té.

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