Sueño cibernético

En Cataluña los eufemismos eficaces se valoran hoy tanto como la buena pronunciación del idioma nativo

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Entre serie y serie de televisión, aún tengo tiempo de ver partidos de fútbol. Hace dos semanas vi la eliminación del Barça de la Champions y el sábado seguí a ratos su victoria en la devaluada Copa del Rey, esa conmemoración monárquica de la que sus seguidores más 'indie' quieren desconectarlo a golpe de pitadas al himno y escupitajos a la bandera. Estos resultados me los pronosticó hace un mes una muñeca inteligente llamada Mònica. Un robot amoroso con el que redescubrí el placer del sexo platónico y la conversación interesante. El destino del Barça es irónico y solo triunfará en competiciones españolas, me dijo. Pero el destino del Madrid es peor. No ganará nada.

Vuelvo al principio. Me invitan a Barcelona a dar una conferencia y pido a los organizadores visitar el famoso hotel de las muñecas. No es un hotel, es obvio. En Cataluña los eufemismos eficaces se valoran hoy tanto como la buena pronunciación del idioma nativo. Como soy quien soy, me alojan con una muñeca nacionalista. La parlanchina Mònica viste lencería amarilla y no se parece a Forcadell ni a Rovira. En vez de practicar el sexo inteligente que la tarifa permite, me paso la velada escuchando los argumentos políticos del pibón de silicona. Se siente desilusionada como fan del Barça por su anunciado fracaso en la Liga de Campeones y se expresa con honestidad y lucidez. Es catalanista pero no idiota. La independencia no la cree viable ahora, aunque no la descarta en un futuro pluscuamperfecto. Sabe cosas de Puigdemont que nadie más sabe. Ni siquiera su mujer, insiste. Prefiero no enterarme. La vida privada de Puigdemont me da escalofríos. Sin la colaboración del capitalismo, me explica, la construcción de la república catalana es imposible. Los algoritmos no conectan. Necesitamos un genio estratégico como Messi para meterle ese golazo al sistema.

Su enemigo público no es Montoro sino Llarena. Un juez no debe hacer política, ni un político apelar a la judicatura. Es un tabú democrático, me susurra Mònica al oído mientras la acaricio con mimo como recomiendan las instrucciones. La justicia europea nunca le va a dar la razón. Y más si piensan que España es un país de segunda donde el franquismo aún colea sin que se le ponga coto. Nadie es inocente en este caso. Hemos perdido el juicio, asevera. La siento ofuscada. Temo una avería grave y le hablo de las payasadas de Tabarnia a ver si se calma. Ha sido programada para apagarse en cuanto percibe que un discurso hostil intenta acceder a sus circuitos. Según los expertos, los robots inteligentes nos enseñarán que hay más categorías en el mundo que el blanco o el negro. Veremos. Cuando abandono la habitación, la muñeca no ha despertado aún del sueño cibernético de Puigdemont. Me llevo el sujetador amarillo como recuerdo.

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