Y su voz subió a los montes

Y su voz subió  a los montes

«El alma de Miguel Hernández es como una casa 'pintada y no vacía', de amor, erotismo, solidaridad, humanidad, deseo de justicia, de paz y de un mundo mejor»

Las fechas conmemorativas sirven para refrescar el recuerdo sobre algún acontecimiento histórico o personalidad memorable. Así viene sucediendo con la figura de Miguel Hernández, en torno a la que se han celebrado numerosas actividades culturales a lo largo del 2017 con motivo del 75.º aniversario de su muerte y de la declaración institucional de 'Año Miguel Hernández'. Pero, más allá de recordatorios oficiales, estamos ante un nombre cuyo eco ha estado siempre presente en las generaciones posteriores a la Guerra Civil Española. En unas, como un eco susurrante; en otras, como rumor clamoroso.

Por su lucha junto a la República, el Juzgado Militar de Madrid del bando vencedor, tras un consejo de guerra sumarísimo, lo condenó a muerte en 1940, pena conmutada por 30 años de cárcel. Falleció el 28 de marzo de 1942 en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante. En esta prisión escribió algunos de sus poemas más conocidos, como «Nanas de la cebolla» ('Cancionero' y 'Romancero de ausencias'), a los que pusieron música y voz Serrat o Morente. El primero ha divulgado versos tan conocidos como los de la parte II («Para la libertad sangro, lucho, pervivo») del dolorosamente hermoso «El herido», bajo cuyo título se lee la anotación «Para el muro de un hospital de sangre».

Versos como estos han hecho que se le reconozca popularmente, por su defensa del amor, de la justicia y de la solidaridad. Sus poemas, así como los personajes de su teatro, reflejan una existencia vivida con pasión, un compromiso nacido de nobles ideales, con ansias de sentir, con hondura ética y con autenticidad personal e ideológica. Expresan el convencimiento de que el pueblo puede ser león con poderosa zarpa y no buey uncido, doblegado, manso. Su emoción nos llega de forma intensa, incontenible, tanto si canta la pasión amorosa y su vehemente erotismo, como si clama contra las injusticias, la mezquindad y la cobardía, la apatía y la resignación frente al yugo opresor, por la paz y la solidaridad, la fuerza y la acción del pueblo.

Miguel Hernández ha sido etiquetado a menudo con los clichés de «poeta del pueblo», «pastor poeta» y «poeta autodidacta». Y algo de cierto hay en ello. Pero fue un joven con una precocidad e inteligencia asombrosas que en su Orihuela natal siguió los estudios que sus padres se esmeraron en ofrecerle y que él, disciplinado, autoexigente y ávido de conocimiento, supo aprovechar. Por ello, bajo la aparente sencillez de muchos de sus textos se trasluce una fecunda herencia literaria, un complejo bagaje cultural tanto en el dominio de formas métricas como de motivos literarios y figuras retóricas. Elementos tradicionales fundidos con otros de gran modernidad, y todos ellos con un lenguaje muy expresivo, personal y sincero.

Apasionado lector de las obras que caían en sus manos, Miguel Hernández asimiló la maestría de múltiples y diversos autores: desde el latino Virgilio hasta el simbolista francés Verlaine; desde los clásicos españoles, como Cervantes, Quevedo, Góngora, Calderón o Lope, hasta el modernista Rubén Darío, la «poesía pura» de Juan Ramón Jiménez, la del 27 y las vanguardias, de las que él quiso formar parte. Su escritura está notablemente influida por estilos, estéticas, métricas y retóricas de todas esas literaturas, española y europea, clásica y contemporánea. Todas sus lecturas alimentaron su sensibilidad e inteligencia, y conformaron su afán de conocer, de escribir y, también, como muestra su correspondencia personal, de ser reconocido y triunfar como escritor.

Sus estudiosos destacan la dualidad y la riqueza de un autor caracterizado por la sencillez para transmitir la compleja humanidad que llevaba dentro, a la vez que por su capacidad para aprender y para llenar la inmensa maleta que lo acompañó durante el viaje de su vida: el ansia por saber y por ser, como persona y como escritor, su 'galaxia en expansión', como se dicho de él. Su alma es como una casa 'pintada y no vacía', de amor, erotismo, solidaridad, humanidad, deseo de justicia, de paz y de un mundo mejor.

La Universidad de La Rioja ha querido también estar presente en esta efeméride para recordar su proyección humana y literaria. Tras el curso de verano 'El hermoso eco de Miguel Hernández', ahora, como colofón, mediante la Cátedra de Español, le rinde un homenaje con una conferencia sobre su figura y obra y un recital de sus poemas en sendas sesiones que tendrán lugar en la Biblioteca Rafael Azcona el 18 y el 19 de diciembre.

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