LA SUBIDA

MANUEL ALCÁNTARA

El salario mínimo siempre ha estado medido para que quienes lo disfrutan (es un decir) sigan trabajando y no desfallezcan. El Gobierno y los agentes sociales han acordado lo que ellos llaman «un notable aumento» y en los próximos tres años la subida será del 20% y se concretará en 850 euros en catorce pagas, frente a los 707 que se cobran ahora. No es suficiente para comer dos veces al día, pero si lo es para que la ministra de Empleo, Fátima Báñez, diga que la recuperación llega a los más vulnerables. Mientras, 15.000 policías han sido movilizados para que vigilen hoy la jornada electoral que en Cataluña puede ser especialmente turbulenta, porque Puigdemont y Junqueras han extremado su pugna y es difícil saber cual de los dos lleva menos razón. La recta final se ha llenado de curvas.

Refugiarse en la frivolidad, si la guarida no la elegimos, no es un asunto de poca monta, porque habrá que cabalgar juntos. Chesterton decía que lo más curioso de los milagros es que ocurran y estamos aceptando todos, con toda naturalidad, los hechos sobrenaturales, como que el Gobierno ahorre 1.500 millones al subir las pensiones sólo un 0,25. Tanto Izquierda Unida como Podemos intentan parar que la crisis de Madrid extienda su contagio. El terrible Puigdemont y el terco de Junqueras están luchando por la victoria mientras confirman su rivalidad en el llamado sector independentista, que más que un sector es una catástrofe común. La buena gente que afirma no meterse en política ignora que la política se ha metido en ellos y no hay quien la saque. El salario mínimo subirá en tres años para que alcancen los que lo llegan a él por más que se empinen. A los sindicatos les parece bien y la patronal descarta que la subida afecte a la creación de empleo. De eso, nada.

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