El sospechoso

Pocas cosas deben ser tan horribles, y a la vez tan merecidas, como vivir bajo el peso de una culpa tan grave

DIEGO CARCEDO

El esclarecimiento de la desaparición de Diana Quer, que monopolizó las conversaciones familiares navideñas, ha reavivado la imagen del sospechoso en abstracto; mejor dicho, del culpable que vive entre el remordimiento, si es que lo siente, y la angustia permanente de ser descubierto. José Enrique Abuin, 'El Chicle', autor confeso del intento de violación y asesinato de la joven cuya suerte mantuvo en vilo a la sociedad española, se ha convertido en el ejemplo conocido más reciente de esa especie criminal que convive entre los demás bajo la espada de Damocles de su detención.

Por mucho que el sujeto se ha cubierto la cara con más trapos que un beduino en el desierto, su imagen entrando en el cuartel de la Guardia Civil no se olvidará fácilmente. Entre el desprecio que sus reiterados actos delictivos despierta, cualquier persona que se detenga a pensar un poco no podrá por menos de preguntarse qué le estaría pasando a semejante sujeto por la cabeza. Durante año y medio consiguió hacer vida aparentemente normal, escuchando en la calle el eco del dolor causado. Viviendo a escondidas de sí mismo, ocultándose de las hipótesis que le culpabilizaban.

¿Cómo serían sus sueños? ¿Le costaría conciliarlos? ¿Se despertaría abruptamente de madrugada recordando el horror sufrido por la víctima agonizando entre sus manos? ¿Sería capaz de reflexionar en algún momento sobre su capacidad para causar mal? ¿Encontraría justificación para lo que le atormentaba? Suponiendo que sintiera tormento mental como autor de semejante fechoría. Las preguntas sin respuesta se amontonan. ¿Con qué sensación abrazaría a su hija de pocos años? ¿Acaso se le erizaría la piel escuchando las especulaciones sobre la desaparición de la joven Diana, incluidas las infamias sobre su hipotética conducta?

Tampoco cabe imaginar que su actividad cotidiana no estuviese marcada por el recuerdo. ¿Sería consciente de que tarde o temprano acabaría en manos de la Justicia? Quizás los días que iban transcurriendo le proporcionasen cierto alivio autoconvenciéndose de que todo quedaría olvidado. Pero igualmente cabe imaginar que cada vez que se cruzaba con una patrulla de la Guardia Civil o leía que un testigo había visto un coche similar al suyo en el lugar del crimen, se echaría a temblar como una hoja. Mientras no hay cadáver no hay asesinato, tal vez pensaría, pero si aparecía el cadáver y sus huellas...

Mientras tanto, ¿qué estaría ocurriendo en su entorno familiar? ¿Cómo serían las conversaciones conyugales con la mujer que le estaba sirviendo de coartada? ¿Acaso ella, a quien debía la libertad, nunca le plantearía sus dudas y sospechas? Pocas cosas deben de ser tan horribles, y a la vez tan merecidas, como vivir bajo el peso de una culpa tan grave.

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