ESTOY SOLO

PABLO GARCÍA-MANCHA

Cuando estoy solo me gusta quedarme conmigo mismo para poder pensar un poco más allá de lo habitual y salirme de la rutina infame de este día a día que marcan los informativos, los artículos de opinión y los biencomidos periodistas que aparecen en las teles divagando en mares surcados por la nada misma de la actualidad, que es como una hidra de millones de cabezas que se comen las unas a las otras entre anuncios de coches y de compresas. Los signos de puntuación contemporáneos son los anuncios. También está Internet, pero no se comparte de la misma forma. El lienzo televisivo está abierto a infinitas miradas pero nadie soporta que husmeen la pantalla de su teléfono, que es de cada cual como su propio pene, como el pezón de su teta derecha, que no sé muy bien las razones pero siempre tiene como una especie de ánimo mas frugal que el de la izquierda, que se pierde en inútiles conversaciones sobre la naturaleza última de nuestras disquisiciones ante la ultramontana idea de que finalmente vamos a morir. Vivimos adosados al necio consuelo de nuestra inmortalidad, como si la vida fuera una patraña incombustible. Y yo me río de todo eso porque en el fondo sabemos que es mentira pero actuamos con la necedad infame de presumir que somos algo más que futuros cadáveres de los que no quedará memoria alguna. Queremos seducir al tiempo y engañarlo corriendo sin descanso o con dietas macrobióticas diseñadas por el doctor Muerte en Honolulú. Y eso nos ayuda a pensar en cualquier otra cosa que no sea que el tiempo pasa, que Puigdemont es un tipo feliz en la ópera de Bruselas y que Jordi Pujol (hijo) ha ahorrado en el talego medio millón de euros para recuperar su identidad de hombre libre. ¡Feliz año nuevo!

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