Un año de sobresaltos

La culpa de mucho de lo que nos pasa no es tanto del año vivido como de la manera en que muchos interpretan la libertad

DIEGO CARCEDO

Al final ningún año es globalmente bueno, pero 2017, al que mi abuela desearía que en paz descanse porque podría haber sido peor, no parece que vaya a ser uno de los que merecerá la pena recordar. Para recordar con nostalgia colectiva, quiero decir. Ha tenido cosas buenas, pero si algo memorable deja quizás sean los sobresaltos que el paso de sus días nos han proporcionado.

La cosa empezó un poco lejos, en enero y en Washington, con aquel «América first» de Donald Trump que anticipaba que su Presidencia, en cierta forma de todos los mortales, no sería tan tranquila, próspera y sosegada como sería de desear. A lo largo de los doce meses que concluyen, el nuevo hombre fuerte de la vida pública mundial no defraudó en los malos presagios con los que accedió a la Casa Blanca.

Mientras medio mundo -es un decir- se angustiaba por unos cambios meteorológicos que empiezan a amenazar la continuidad de muchas especies vivas y a empañar la del resto, la solución que se aporta desde la primera potencia mundial son más chimeneas y menos restricciones a la contaminación galopante de la atmósfera. Es ahora mismo el mal que sin duda más perdurará. No es el único ni mucho menos.

El terrorismo salvaje y las guerras, que el crecimiento de la industria armamentística garantiza, seguirán amenazando a los seres humanos. La cordura y la sensatez quizás llegue un día, que ahora mismo parece muy lejano, en que se acaben imponiendo aunque para darle paso, eso también es previsible, a que el ingenio del hombre encuentre otros motivos de discordia y de maneras violentas de ejecutarlos.

La corrupción, que España abandera aunque no sea ni mucho menos el único país que la sufre, y la amenaza que representa para los países desarrollados la presión migratoria de las masas más desfavorecidas es otro indicio de que el panorama que el año que expira deja a 2018 no es alentador. Quizás la tibia recuperación que se alardea pueda paliar un poco las angustias económicas, pero bajo la grave injusticia de la desigualdad.

En España, donde compartimos estos males universales, sumamos este año también los sobresaltos que nos han proporcionado a todos las veleidades delictivas de unos independentistas catalanes partidarios de saltarse los derechos colectivos para imponer sus exigencias. Hemos vivido momentos muy tensos y sufrido el intento de avasallar nuestra convivencia pacífica de quienes intentan barra libre a su fanatismo.

Ante el abandono de las formas y el desprecio al respeto a los demás, la pérdida de valores éticos, morales y democráticos alertan que, eso sí, la culpa de mucho de lo que nos pasa no es tanto del año vivido como de la manera en que muchos interpretan la libertad, un bien tan precario y preciado por el que se lucha con denuedo cuando no se tiene y nadie se preocupa de cuidar y proteger cuando amenaza con perderse.

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