Sobre el aburrimiento

«Aburrirse es necesario para la reflexión personal, la intimidad y empatía con los amigos, la pareja...»

SYLVIA SASTRE

El aburrimiento es una palabra que, en el trepidante mundo actual lleno de ofertas y oportunidades, hace saltar resortes al escucharla porque la asociamos con el significado negativo de tediofrente a una actividad, situación, persona o conversación repetitivos o sin interés. Tememos que alguien nos diga «me aburro», tememos que nuestros hijos, pareja, amigos o compañeros se aburran con nosotros, y tememos que nos ocurra lo mismo en la vida cotidiana.

Hoy, aburrirse es desagradable y negativo. Aburrirse en el trabajo parece indicar malfuncionamiento, aburrirse con los amigos significa que ya no es interesante su compañía, aburrirse en un viaje invalida su encanto, aburrirse en el cine es igual a mala película, aburrirse en la escuela hace temer malos rendimientos, aburrirse con la pareja parece abocarla al desastre, etc. En suma, aburrirse siempre es malo en una época marcada por la eclosión numérica que nos envuelve con estímulos, aparatos y apps que nos mantienen conectados y ocupados el mayor tiempo posible ante una pantalla (y en ello se esfuerzan las grandes compañías como Apple, Facebook o Google), porque aquel dejar correr el tiempo de antaño o la divagación, está mal visto; hay que permanecer conectado a redes sociales y responder a los estímulos de actualidad, lúdicos o profesionales, continuamente. El tiempo muerto ha desaparecido de nuestra existencia.

Pero todos nos hemos aburrido, a veces, en distintas situaciones y no siempre ha sido una experiencia caótica y desagradable. Aburrirse en un mundo saturado de estímulos debe ser reconsiderado, como muestra un libro titulado (M. Zomorodi) que, apoyado en argumentos neurocientíficos, en más de 20.000 testimonios recogidos, y en prácticas empresariales, pone en evidencia que la hiperactivación no siempre es igual a rendimiento y placer, que las empresas de Silicon Valley disponen que sus empleados antes de importantes reuniones tengan un tiempo vacío de estímulos, y que la creatividad o la empatía con otros reclama espacio temporal. En resumen, todo apunta a que aburrirse, entendido como no estar sometido a sobreestimulación, es necesario para la reflexión personal, la intimidad y empatía con los amigos, la pareja, la creatividad y el aumento de productividad.

Si es así, hay que reconciliarse con ese espacio menos brillante pero que permite la desintoxicación de esa hiperactivación numérica dejando lugar para la reflexión sobre proyectos, para soluciones más originales explorando lugares o aspectos inesperados, o preparando el próximo objetivo que nos permitirá ir más allá en nuestra trayectoria.

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