PARA QUÉ SIRVE UNA LENGUA

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

La lengua nos hizo personas. Cuando hace media docena de millones de años nuestros antepasados dejaron de ser monos e iniciaron su empeño involuntario en ser humanos, contaban con un buen montón de desventajas pero con un par de ventajazas: su capacidad para planear y ejecutar herramientas, y su facultad asombrosa de contárselo al vecino. La lengua es eso, en fin: esa maravilla que permite que mis ideas viajen hacia tu cerebro con la al menos plausible posibilidad de que acaben siendo más o menos entendidas.

Esa posibilidad nos ha traído lejísimos, a construir la sociedad humana mejor, más avanzada y más justa que jamás se ha visto sobre la Tierra. Lo cual no viene a decir que sea perfecta, claro, ni homogénea. Pero en ese impulso hacia algo que sólo puede llamarse progreso, lo de poder contarnos las cosas ha sido el elemento principal.

Para eso sirve un idioma, convendrá que convendramos. Para contarnos, para hablarnos. Lamentablemente, la evolución nos hizo diversos en lenguas y pensamientos. Y lamentablemente, las lenguas que sirven para fines elevados también sirven para el más perverso: el de diferenciarnos.

Hay quien piensa que una lengua propia justifica por sí sola el levantamiento de fronteras. Y hay quien, de manera igual de cerril, cree que en las esquinas de su lengua no pueden convivir otras.

Estos días hablamos en Logroño de español. Y todo ha empezado con un manifiesto que contiene una gran frase: «Si en el pasado el español fue identificado con una espada, nos gustaría que en el futuro se le reconociera como una mano extendida». Como una lengua, cabría decir simplemente. Que sirven para eso.

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