Sirizade

BERNARDO SÁNCHEZ

Por mucho que nos guste leer, nos gusta mucho más que... nos lean. Boca-oreja. Es una cuestión sensual, antes que intelectual. Y lo sensual prima sobre lo intelectual. En esto y en todo. Lo último en 'literatura' es, de nuevo, lo primero: que alguien te lea el cuento. Como tantas noches de infancia. Como en tantas noches de radio. De radio novela. Como en tantos siglos de romances de ciego. Eso: frente al ejercicio, al esfuerzo, a la acción de la lectura sobre la página estampada o ilustrada, frente a la página 'iluminada' con letras o 'santos' (como mi abuela llamaba a las ilustraciones) está el placer de escuchar en la oscuridad de la imaginación; en medio de una, digamos, 'suerte' de ceguera en la que lo que escuchas -desde una palabra hasta un relato completo- se anima, se colorea, se rueda. Se llama en los manuales de historia de la literatura 'literatura oral', pero también podría aplicarse a la historia de la ficción, pues recuerdo, por ejemplo, que de niño, una vecina de mi abuela, Tere Alamagnac, me contaba muchas películas antes de que yo pisara una sala cinematográfica. A los postres de mil y una noches de mesa camilla con brasero, en la Calle San Juan, con la televisión apagada. Algunas de las películas que yo más recuerdo en mi vida las 'vi' así. Sólo contadas. Será por eso que para mí es imprescindible el instante de oscuridad -a veces delicada, lenta, según que cines- que precede a la proyección. Sin ese preámbulo, no hay sueño posible. Se conoce por el cine de las sábanas blancas, como una pantalla, como una página. Me pasa también con la lectura, claro: el rincón de la casa, un cierto gado de penumbra. Yo soy incapaz de leer a pleno sol. En la ONCE, la literatura oral, la lectura de un libro encomendada a una voz anónima, en off de nuestro entorno inmediato, ya viene siendo una práctica habitual y altamente perfeccionada, por ser la ceguera su escenario, su paisaje. En la ONCE saben hacer la visibilidad total en la invidencia material. En ese lugar o no lugar saben moverse como nadie. Y sobre todo movilizar al que escucha, prendido de la musicalidad y del poder evocativo de la narración. Saben de quién y cómo está habitada la oscuridad. Es una creación, en todos los sentidos. Google y Amazon, dos cíclopes de la pantallización global, reinventan ahora para el mercado la 'literatura oral' con la que comenzaron las ficciones en el siglo de Homero, si no antes. Para servirlas en un tiempo en el que sacar tiempo para leer es homérico; en el que el único hueco para la lectura convencional -lo de abrir un libro o una tableta- es el que te proporciona un recorrido entre estaciones de Metro o de Bus, o una sala de espera; un tiempo virtual en el que nuestra interlocutora en caso de emergencia, nuestra coach, nuestra directora espiritual es Siri, una Siri. ¿Por qué no habría de ser, también, por tanto, una voz o un elenco de televoces -entonadas, pautadas, amables- quien nos dramatice las historias al oído, personalmente? Es sintomático, por cierto, que el primer audiolibro de esta hornada haya sido Cien años de soledad. La literatura -la ficción en general, insisto- consiste en una soledad buscada. Una soledad que es un abandono placentero, una intimidad. Para esta soledad de la que te provee la literatura (o el cine) no hay ya un tiempo. De eso no queda, apenas. Todo el tiempo se invierte en esa otra soledad para la que el Gobierno británico ha tenido que crear un ministerio. Cantaba en tiempos «Celtas Cortos» aquello de «Cuéntame un cuento/ y verás que contento./ Me voy a la cama/ y tengo lindos sueños...». La nueva literatura oral nos proporciona ese antiguo contento. Habilita un sillón orejero virtual. El continuo repuesto tecnológico de las cosas, el tuneado y la obsolescencia programada nos hacen creer que nosotros, a fecha de hoy, funcionamos, en lo básico (y hay entra lo lírico), de distinta manera a un tipo del medievo de Chaucer o de Bocaccio, o de Fernán González (o incluso de Fernán Gómez); o de la Grecia de Homero, que era ciego, o si no lo era hubiera merecido serlo, pues en esa deslumbrante oscuridad reinó en calidad de máximo cantor y escenógrafo, lo que -como pronosticara Eucio- lo haría inmortal. Pero no: lo que nos priva es que nos cuente el cuento una voz familiar. De la literatura nos place la letra, pero sobre todo la música. Nocturna.

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