LA SILLA VACÍA

TERI SÁENZ

Cuando alguien muere asalta la tentación de recordar la cercanía que uno tenía con el fallecido o rememorarlo con adjetivos excelsos. Yo tenía una relación muy periférica con Juanín y tampoco me atrevo a encumbrar gratuitamente las muchas virtudes que acumulaba. Le conocí la primera vez que pisé una redacción de verdad. Él era ya un periodista de largo recorrido y yo un alumno en prácticas. La voluntaria obligación de pasar el verano experimentado in situ lo que decían los libros me llevó un 1 de julio junto a otro compañero hasta el portal del centro de Logroño donde se ubicaba entonces Radio Nacional. Cuando traspasamos la puerta, topamos con un grupo de profesionales enfrascados en la tarea de elaborar el informativo del día. El director nos dio la bienvenida, hicimos un somero recorrido por las instalaciones y nos invitó a leer la prensa sin molestar demasiado hasta que alguien nos encomendara alguna tarea. Sólo recuerdo que no teníamos dónde sentarnos. O quizás no nos atrevíamos a hacerlo en un hábitat tan ajeno e imponente para nuestros ojos novatos. Al vernos ahí de pie, como dos extraterrestres despistados y cohibidos, Juanín se quitó los auriculares. Arrastró con toda amabilidad un par de asientos, comprobó quién estaba de vacaciones y nos improvisó un par de puestos de trabajo en los que permanecimos hasta el final del verano. Años después coincidimos en alguna rueda de prensa. Luego, cuando se jubiló, paseando por la calle. Ahora que pienso en él sólo veo su sonrisa y una silla vacía.

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