SIGO SIENDO CARMEN

PABLO GARCÍA-MANCHA - MIRA POR DÓNDE

Aestas alturas de mi vida confieso que estoy más perdida que nunca. La oportunidad de saber lo que siento creía que iba a ser más preclara con la edad, por eso compruebo con desolación que las bondades de la experiencia son un mito, una especie de autocomplacencia generacional que acumulamos a medida que vamos cumpliendo años y nos ausentamos de la frivolidad. A los veinte años estaba convencida de que lo sabía todo y me sostenía con entereza ante cualquier adversidad o diatriba existencial. Y además, con esa edad se vive en la inconsciencia de la inmortalidad, sobrevolando cualquier pesar sin que ningún drama te afecte lo más mínimo, al menos en mi caso. Admito, y puede ser, que fuera una Rufián de la vida, una graciosilla ocurrente con un desparpajo impostado y con una acumulación tal de dignidad que mis hombros se sostenían perfectamente rectos en cualquier situación, incluso cuando me emborrachaba un martes y me quedaba hasta las doce en la cama el miércoles. Daba igual, nada esperaba porque lo tenía todo. Ahora no; ahora busco en cualquier sitio cosas que ni sé que necesito, cuestiones que ahorman el ansia de reconocimiento para sorprenderme preguntándome a mí misma cuestiones de la más absoluta irrelevancia. Y vivo sola en reuniones concurridas, en hemiciclos semivacíos, en calles ya ateridas con un frío que nos ha venido tan de repente que se nos han congelado las escamas invernarles sin tan siquiera haber brotado. Antes cambiaba de piel cada año; ahora la angustia hace que necesite nuevos forros cada semana. Todo es muy simbólico. Firmado: Carmen Forcadell.

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