Mi tío Serapio

ALONSO CHÁVARRI

Mi tío Serapio era una persona muy peculiar y, para los tiempos que corrían, adinerado, si se podía considerar adinerado, en los años sesenta, a un agricultor riojano con cuatro piezas de su propiedad. El dinero lo tenía porque no gastaba nada, y ya se sabe que sesenta años sin gastar dan para ahorrar bastantes pesetas, sobre todo si no se tenían hijos ni vicios; mi tío Serapio ni siquiera disfrutaba con los, a veces mal llamados, pequeños placeres de la vida: no fumaba, no bebía, no le gustaba el dulce y todos los días del año comía caparrones de su huerta, excepto los domingos y los viernes de vigilia que comía garbanzos, también de su huerta. Era espartano en sus costumbres, no le preocupaba la ropa y se sujetaba los pantalones con una cuerda, salvo los domingos, para misa, que se ponía cinturón.

Cierto día, cuando yo era un muchacho, le hice notar que tenía rotos los zapatos, o quizá fueran alpargatas, no recuerdo bien, y él, riéndose, pues mi tío siempre se reía, me dijo que le acompañara y me llevó a su habitación, donde abrió un armario en el que había seis o siete pares de zapatos, lustrados y nuevecitos, y me dijo que los tenía todos sin estrenar. Y siguió riendo.

En las postrimerías de la Guerra Civil tuvo que ir al frente catalán a buscar a un sobrino muerto de un balazo; lo hizo en taxi, habló con los compañeros de compañía del fallecido, para saber en qué pueblo y lugar le habían dado tierra, lo desenterró él mismo y lo llevó, en un ataúd de plomo, a enterrar al pueblo, con su familia. Cuando le preguntábamos por aquello, decía, sin dejar de reírse: «La política, para quien viva de ella». Así, llegué a la conclusión, que con los años me pareció muy acertada, de que las guerras eran cosa de la política. Sí, mi tío Serapio era un hombre de una pieza.

Mi tío Serapio tenía la costumbre, bastante extraña para un hombre con dinero, de recoger en la plazuela las ramitas de sarmiento que caían de las gavillas, al llevarlas a guardar al fondo del pajar, y otros trozos de palos y tablillas, con los que luego encendía la cocina económica -nunca quiso saber nada del butano, del petróleo y de otras modernidades-, y alguna vez vi a veraneantes vascongados que le ayudaban a coger ramitas y maderas, pues le tomaban por un pobre de pedir, pero cuando le hablaban, él sólo sonreía -no he dicho que mi tío Serapio era sordo desde que le pasó la rueda del carro por la cabeza por salvar a unos niños que cayeron ante las mulas-.

Cuando algún familiar le recriminaba su actitud, que le hacía parecer un pordiosero, diciéndole que, en el pueblo, comenzaba a tener fama de tonto, que mejor haría gastando el dinero que le sobraba y que para qué lo quería, él se reía a carcajadas y contestaba: «Tonto pase, que no está mal visto por nadie porque la mayoría también lo son, pero pobre no, que, para casi todos, eso es lo último». Y continuaba con sus carcajadas; ya tengo dicho que mi tío Serapio siempre se reía.

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