La sentencia

RICARDO ROMANOS

Antes de entrar en materia debo advertir cuatro cosillas. En primer lugar, que no tengo ni repajolera idea de jurisprudencia ni falta que me hace, que para eso están los jurisprudentes, esa especie de sacerdotes laicos que interpretan con astucia e inteligencia los laberínticos articulados de los codicilos donde dormitan las leyes sagradas: ese otro Poder, esa otra Autoridad. Pero, como habitante de este mundo de locos, como ciudadano, me considero ética, moral, social, e intelectualmente capacitado para reflexionar y opinar sobre tales interpretaciones, esto es, sobre si cualquier sentencia dictada por cualquier tribunal y en cualquiera parte del mundo me parece justa, injusta, descabellada, desproporcionada o un auténtico disparate. Sí, doctores tienen todas estas iglesias, pero siervos ya, no. En segundo lugar, diré que a pesar de los pesares, recortes económicos y de libertades civiles, corruptelas y mordazas que empañan este nuestro chusco presente político, todavía me siento bien como vecino en esta democracia participativa tan española y olé. Y escribo lo de participativa en bastardilla porque existe un montón de peña entre mandos y mandados que cree a pies juntillas que participar es echar la papela en la urna y esperar cómodamente tumbados en el sofá, muy seguros en y de sus propios ideales, a que pasen otros cuatro años mareando perdices. Así que, en tercer lugar, diré que he pertenecido y pertenezco a esa chusma plebeya, vulgar y botarate, que sin atender a los altos designios que rondan las privilegiadas mentes de nuestros gobernantes y jurisprudentes, salió, ha salido y saldrá a la calle a manifestar, haciendo uso de eso que llaman libertad de expresión, mis desacuerdos con situaciones injustas. Porque el que no llora, el que no clama, no mama. Y en cuarto y último lugar, que dicen que vivo en un Estado Social (no me hagan reír) y de Derecho cuyos principios se basan en la separación de poderes, y esto ya no me lo creo. Así las cosas, y en mi fuero interno, la famosa sentencia pamplonica que ha condenado a 9 años de trullo por abuso sexual a una panda de peligrosos violadores, entre los que se encontraban dos uniformados, un militar profesional y un agente de la Guardia Civil, me parece vergonzante, un espanto. ¿De verdad que esos sabios magistrados han actuado consecuente y sabiamente dictaminando que meter a una mujer en un portal y violarla anal, vaginal y bucalmente es un simple abuso sexual y no una violación? Convendría recordar aquí que el terrorismo machista ha matado en este país en 10 años más que la puta ETA en toda su historia. Y convendría seguir recordando que, según datos del Ministerio del Interior, desde el año 2009, en que se comenzó a desglosar la estadística de agresiones sexuales a instancias de la Unión Europea, y hasta el pasado año, se registraron más de 8.200 violaciones con penetración: tres al día, una cada ocho horas. Sin contar aquellas que no se denuncian. Ante este panorama, y tras la indignación y las manifestaciones que contra la sentencia de La Manada se han suscitado en toda España, los jurisprudentes han cerrado filas en un monumento al corporativismo y han apoyado encendidamente al magistrado Ricardo González, que pidió la absolución de los delincuentes. Dice el hombre que está muy tranquilo, emocionado y agradecido hacia sus compañeros por su apoyo. Y todos juntitos han aprovechado para manifestarse ante el Palacio de Justicia de Pamplona con una pancarta donde podía leerse: «Por una Justicia independiente y de calidad». En fin, entre todos la mataron y con la ayuda del ministro del gremio ella sola se murió. La Justicia española y olé, digo. Y ahí los tienen, protestando contra su politización.

Por todo el morro.

Y aquí acaba el preámbulo.

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