El senderista Puigdemont

Deberá enfrentarse a la justicia española porque su sueño de una República catalana se ha desvanecido

MARGARITA SÁENZ-DIEZ

Los senderistas valientes ya han hecho el trabajo. Su capacidad para cruzar los Pirineos desde Francia y alcanzar Cataluña está comprobada. Claro que la preparación física de Carles Puigdemont no llega ni a la suela de sus botas, salvo que en Bruselas haya entrenado en la intimidad... Por cierto, hay una aplicación para móviles que señala los caminos pirenaicos más seguros.

El expresident puede también colarse por alguno de los tres aeropuertos catalanes o por las fronteras terrestres, aunque el ministro Zoido ha desplegado dispositivos de control de Policía, Guardia Civil y Mossos en los puntos neurálgicos. Pero si quiere marcarse un gran tanto entre sus votantes, dar un golpe de efecto, mejor sería que apareciera de improviso en el acto de cierre de campaña de Junts per Catalunya, como le aconsejan algunos de sus cerebros pensantes.

Por ahora no ha dado síntomas de tener el proyecto de construirse con su familia un exilio dorado en Países Bajos. Bueno, muy dorado no, como lo comprobó en primera persona el president Tarradellas. Aguantó 38 años sin calefacción y con la cesta de la compra muy ajustada en una casa rural en Saint-Martin le-Beau, en el centro de Francia.

Puigdemont intenta proyectar la imagen de que sigue yendo a por todas, como hizo durante su mandato al frente de la Generalitat, aunque no las tuviera todas consigo. Pero no fue capaz de detener la aplicación en Cataluña del artículo 155 de la Constitución en una larguísima negociación con la Moncloa. En aquella jornada de infarto, Puigdemont fue silbado y acusado de traidor por soberanistas partidarios del choque de trenes.

No se atrevió a imponerse a Esquerra Republicana ni a la CUP poniendo en práctica la capacidad que le otorgaba el estatuto de autonomía para disolver el Parlament y convocar nuevas elecciones en Cataluña. Eso hubiera impedido la intervención de la autonomía.

Ahora la huida toca a su fin. Como a los cuatro exconsellers que le acompañan en su aventura y que no como él, por el cargo que ocupó, tendrán fácil pasar a la historia. Todos deben enfrentarse a la justicia española porque su sueño de una República catalana se ha desvanecido. En una última peripecia de la campaña electoral, el expresident tendrá que cambiar el plasma por un cara a cara ante la justicia. Será duro, pero inevitable.

Después, será detenido porque no se presentó ante la Audiencia Nacional como hizo el resto de los miembros del cesado Govern. A continuación, le llegará la prisión incondicional sin fianza porque ha demostrado su gran capacidad para desaparecer, para esfumarse. Más tarde, tendrá que tomar posesión de su escaño de diputado en el Parlamento de Cataluña, y si Oriol Junqueras (ERC), Inés Arrimadas (Cs), o Miquel Iceta (PSC) no le toman la delantera -que lo intentarán- hasta puede ser proclamado presidente de la Generalitat.

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