Semana definitiva

Es dudoso que Puigdemont pueda sortear a la vez la aplicación del 155 y la disolución del Parlament en busca de elecciones

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tiene hasta las 10 de la mañana de hoy para mostrar cuáles son sus verdaderas cartas ante el requerimiento del Gobierno de Rajoy. O da por declarada la independencia, aunque confirme la suspensión de su ejercicio, o invoca la renuncia temporal a la secesión, concediendo a esa suspensión la relevancia de un cambio de estrategia que pudiera confluir con la legalidad. Pero es posible que no sea hasta el jueves, ante el segundo plazo establecido por el ultimátum de Rajoy, cuando la Generalitat y el independentismo se enfrenten a una encrucijada sin ambages: o el autogobierno catalán discurre por cauces de normalidad democrática o el Ejecutivo central procederá a rescatarlo en aplicación de los amplios supuestos de intervención que el artículo 155 de la Constitución concede al Senado. Paradójicamente, la persona que asumió de manera provisional la presidencia de la Generalitat porque la CUP se negó a avalar a Artur Mas en la continuidad de tal cargo tiene la última palabra sobre el futuro político de Cataluña en el momento más crítico que esta comunidad ha podido vivir desde el restablecimiento de su autonomía. Por eso mismo, resulta difícil imaginar que una decisión unipersonal de Puigdemont sea suficiente para desentrañar el entuerto de ese callejón sin salida al que han conducido, al unísono, la euforia independentista y la dejación de responsabilidades institucionales por parte del Gobierno autonómico. Ocurre además que junto al plano de lo imposible, la gestación de un Estado propio en forma de república en Cataluña, asoma el plano de lo evidente: el agotamiento de una legislatura que esta misma semana podría ver cómo quedan anuladas las atribuciones del independentismo para continuar gobernando la Generalitat en pos de una desconexión a consumar sobre la nada. Es también paradójico que quienes fabulan haber sido protagonistas de un referéndum vinculante se vean en la necesidad de medir sus respectivas fuerzas en nuevos comicios al Parlamento de Cataluña. Bien sea como consecuencia del colapso al que se enfrenta el peculiar mandato de Puigdemont, que no se confrontó en las urnas, bien como resultado de la aplicación del 155 en sus infinitas variantes, Cataluña está abocada a renovar su representación parlamentaria. Aun a riesgo de que las urnas reediten episodios parecidos o más tensos que los que se han vivido hasta hoy.

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