Semana decisiva

El independentismo catalán tiene unos días para asumir la prioridad de preservar el autogobierno mediante el regreso a la ley

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se plantea personarse en el Senado para exponer las alegaciones de su Gobierno a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. La decisión, si se confirma, supondría un gesto de normalidad institucional en medio de la crisis más grave que ha padecido la democracia española desde el 23-F. Sin duda, el dirigente nacionalista afronta el trámite como una oportunidad para convertir la Cámara alta en su altavoz con la vista puesta, sobre todo, en otros países. Pero no debiera desaprovechar el momento para intentar evitar o, cuando menos, minimizar los efectos del 155, después de que la vicepresidenta, Sáenz de Santamaría, recordara ayer que corresponde al Senado fijar el alcance de la intervención del Estado sobre los poderes de la Generalitat. Del mismo modo que muchos catalanes no pensaban que el independentismo institucional fuese a llegar tan lejos en su obstinación -basta comprobarlo en más de mil empresas trasladadas después del 1 de octubre-, la aplicación del 155 aparecía como una hipótesis lejana e improbable. El 'choque de trenes' que se vaticinaba como un pronóstico agorero puede producirse esta semana, entre el pleno del Parlamento catalán el jueves y el del Senado el viernes. Solo queda entreabierta una ventana a la esperanza. Que una parte del independentismo catalán aparque su quimera secesionista y se percate de que lo urgente es también lo importante: preservar el autogobierno con la vuelta a la legalidad y al consenso histórico del catalanismo político. Cada día son más las voces en Cataluña que reclaman a Puigdemont la convocatoria de elecciones antes de que entre en vigor el 155. Es la única vía para sortear la intervención del Gobierno central sobre la Generalitat, avalada por una abrumadora mayoría de las Cortes y por la UE. Unos nuevos comicios pueden reproducir, escaño arriba o abajo, el panorama actual del Parlamento catalán. En el fondo, quienes abogan por ellos esperan que alumbren una catarsis; una corriente de sensatez y entendimiento, capaz de reconvertir la eventual frustración del independentismo en una herramienta que engarce Cataluña y el Estado constitucional reformado. Por desgracia, no cabe descartar que se imponga el tacticismo de uso doméstico y Puigdemont convoque, en el más absoluto vacío legal y político, elecciones constituyentes para una república tras proceder a una DUI.

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