Contra la segregación religiosa en las aulas

Por segunda vez en pocos días el TSJR ha reconocido el derecho que asiste a unos padres para que sus hijos reciban formación islámica en la escuela. Esto ha desatado la polémica en los medios de comunicación y las redes sociales. Lo cierto es que desde 1992 existen acuerdos de cooperación del Estado con las confesiones musulmana, evangélica y judía, además de con la católica, que se remonta a enero de 1979. Dichos acuerdos garantizan el derecho de los alumnos a recibir enseñanza religiosa conforme a las convicciones de los padres. Por tanto, se impartirá formación islámica en nuestras aulas. Es previsible que, en breve, ocurra algo similar con el credo evangélico. La confesión judía, muy minoritaria en España, parece que ha optado por una enseñanza exclusivamente privada.

Sin embargo, la respuesta ante las demandas de formación religiosa no parece la más integradora: resulta inquietante pensar que nuestros alumnos serán segregados, nada menos que por credos religiosos en los colegios e institutos de nuestro país. Éstas son las consecuencias del, una vez más, «café para todos». Una vez firmados los acuerdos del Estado Español con la Santa Sede el resto de confesiones no quisieron quedarse a la zaga y negociaron su propio acuerdo. En un futuro no muy lejano, las otras confesiones con notorio arraigo en nuestra sociedad (mormones, Testigos de Jehová, budistas y ortodoxos) podrían firmar nuevos acuerdos con el Estado e impartir su propia formación religiosa en las aulas.

La cosa se podría plantear de otra manera. Desde hace tiempo hay una corriente en nuestro país que viene reclamando la enseñanza de una asignatura de Historia y ciencias de la religión de carácter no confesional y obligatoria para todos los alumnos, cuyos currículos sean elaborados por el propio Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (no por confesión o iglesia alguna, como ocurre ahora) e impartida por profesorado funcionario (no designado por sus respectivas comunidades religiosas). Una materia de este tipo cubriría algunas de las lagunas formativas de nuestros planes educativos y fomentaría el conocimiento mutuo y la tolerancia. Esta propuesta viene respaldada tanto por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa como por Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). A juicio de esta última, «la falta de conocimientos religiosos y la ignorancia mutua entre las religiones está poniendo en peligro la convivencia». En nuestro país un grupo de especialistas, miembros de la Sociedad Española de Ciencias de la Religión, el referente asociativo en este campo, firmó hace tiempo el «Manifiesto de Cosgaya sobre la enseñanza de las religiones en España», denunciando la falta de formación no doctrinal en la escuela sobre estas cuestiones. Así mismo, el Plan Nacional del Reino de España para la Alianza de Civilizaciones, propone una «formación más acusada en el ámbito de la enseñanza preuniversitaria y universitaria de los temas relacionados con la pluralidad religiosa y cultural».

Pero esto no fue siempre así: con la LOMCE ha desaparecido la posibilidad de que los alumnos puedan cursar una asignatura aconfesional de Historia de las Religiones. Posibilidad que han tenido desde el año 1995, primero con una asignatura llamada Sociedad, Cultura y Religión, y desde 2007 con la entrada en vigor de la LOE, con una materia llamada Historia y Cultura de las Religiones, alternativa a la formación confesional y a la llamada Atención Educativa. Es decir, que los alumnos podían elegir entre una de estas tres opciones.

Y no sólo esto. Con la LOMCE deben elegir si quieren cursar religión confesional (católica u otras) o una asignatura llamada Valores Éticos, como si la formación religiosa fuese un sustituto de la educación en valores cívicos como la tolerancia, la solidaridad o los Derechos Humanos. El debate «religión o ética» estaba superado desde los años 80 del siglo XX en nuestro país: existía el consenso y la convicción de que todo alumno debía recibir educación ética, independientemente de si además recibía formación religiosa o no. Sin embargo, de nuevo, la LOMCE segrega a los alumnos en dos categorías: los ciudadanos y los religiosos. Y, dentro de estos últimos, en nuestra comunidad autónoma y de momento, en católicos y musulmanes.

Desde hace tiempo se habla de la necesidad de hacer un gran pacto educativo en nuestro país. Sería una oportunidad única para replantear la enseñanza de la religión y de la formación cívica y en valores. Una enseñanza que debe ser integradora y potenciadora de aquellos valores universales que nos vinculan como ciudadanos de una democracia, no una enseñanza que separe en función de los credos (o las increencias). No la desaprovechemos.

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