EL SEGADOR

PÍO GARCÍA

En la víspera de la Diada, yo plancho mi estelada y la coloco suave y amorosamente sobre el colchón. En el trastero han quedado arrumbadas la bandera de España que me compré cuando las Olimpiadas del 92 y la senyera que colgaba en el balcón hasta hace cuatro años. He comprendido (me lo han explicado TV3 y la señora Rahola) que son banderas fascistas, antidemocráticas, cutres. Las hubiera quemado, porque me dan mucha vergüenza, pero ni siquiera me atrevo a bajarlas al patio por si algún vecino me ve y piensa que soy un castellano de esos bajitos y mugrientos que nos oprimen.

En la víspera de la Diada yo apenas puedo conciliar el sueño. ¡Me hierve tanto el patriotismo! Escucho obsesivamente -en la versión de Lluis Llach- y lloro a moco tendido. Me llega muy adentro. De la librería de mi padre he cogido el manual de que estudiaban cuando Franco. Es un libro aprovechable, un buen libro: basta con poner donde antes ponía . Lo recito con la prosodia oportuna y me doy cuenta de que nosaltres sí somos una auténtica unidad de destino en lo universal. Luego cojo el mapa mundi y me pongo a pensar en qué liga jugará el Barça. ¡Todo el mundo sabe que podremos elegirla! A mí me gusta la italiana, pero la Premier mueve más dinero. Como soy homosexual, me preocupa un poco que nos apunten a la liga catarí, aunque ya nos ha dicho el Pep que aquello es un paraíso de las libertades y no esta mierda de estado autoritario que tenemos.

¡Qué ganas tengo de liberarme, hosti! Lo que igual no hago todavía es romper el pasaporte español y renunciar de una vez por todas a esa asquerosa y opresiva nacionalidad. Por lo de las pensiones, la Unión Europea, la seguridad social y esas cosas. No vaya a ser que.

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