La sangre del león

CHAPU APAOLAZA

El rugby es el refugio de la decencia. Todo en ese deporte se construye sobre lo superfluo y lo bizarro: quince tipos avanzan con un balón inmanejable con forma de melón que solo se puede pasar hacia atrás. Además, en mitad de una violencia física terrible se mantienen unos códigos de educación palaciegos. Visto así, no hay cosa más absurda, pero en el mundo del beneficio calculado, lo más delicioso crece en el árbol del descabello. De cuando aún me ponía las botas recuerdo dos sensaciones fortísimas y definitivas: en un instante me sentía el hombre más afortunado del mundo y al instante siguiente hubiera dado un pie por escuchar el final del partido. La euforia y la arcada, el dolor y la gloria, la victoria y la derrota, una cierta noción de diversión intermitente y entreverada con la certeza de desfallecer y el constante sabor mineral de la sangre y la tierra en la boca. También sigue ahí la sensación de carga y de conquista previas al primer golpe, esas zancadas de frescura y la primera embestida que siempre tiene algo de expansivo, de definitivo, de Big Bang.

Después, conforme avanza el partido todo se hace más extraño, como si la realidad se fuera diluyendo con los golpes, con las carreras y los balones perdidos. El rugby es también a veces una visión débil y lejana del mundo, un pitido en los oídos y los pulmones que arden. Quizás sea más rugby ahí, porque en su esencia, este deporte consiste en mantener el tipo. Significa seguir corriendo para llegar al próximo 'maul' cuando las piernas son algo doloroso que cuelga del cuerpo y volver a placar, a pelear, a levantarse, a volver a correr para volver a placar, pelear, levantarse y correr de nuevo sobre una espiral de infierno de cien metros de largo por noventa minutos de ancho. Hay que hacer todo eso porque el rugby es, sencillamente, estar ahí para los demás y estar implica seguir corriendo cuando uno está poseído por la desesperación. Después, ese seguir adelante es para siempre y transforma a la gente por dentro. Los que han jugado nunca más sabrán pararse.

Eran quince. En las manos de uno de los jugadores en el vestuario pasaban las cuentas de un rosario. Nadie que no ha salido a un campo conoce esa sensación previa de nervios y de miedo. Frente a ellos estarían en unos minutos los potentes rumanos. Muchos no daban un duro por España. Sobre el papel, ellos eran mucho más certeros y se creía que iban a pasar por encimadel XV del León como una apisonadora, pero Jaime Nava habló a los jugadores y les dijo algo crucial: «No cambio a ninguno de ellos por uno solo de vosotros». No se va a la guerra con el de enfrente. También les contó que fuera había un país entero que soñaba. No éramos un país entero, pero nos sentíamos así, que es al cabo lo importante.

El partido más decisivo de la historia reciente del rugby español daba paso al mundial de Japón. Fue un sueño de dos tiempos que terminó 22-10. Más que la técnica y las cifras y los kilos, pesaron los sueños, el sentirse uno y lo que ya puede denominarse como la sangre del león, que es esa capacidad tan española de venirse arriba empujado por la misteriosa fuerza de la dignidad. Ellos estuvieron donde tenían que estar. Ahora tenemos que estar nosotros con ellos, dispuestos a defender la decencia: el 11 de marzo, a las doce y media, Estadio Central. Vamos, leones.

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